lunes, diciembre 25, 2006

Por el camino largo

Miarlo, tengo mi corazoncito abierto, todo para vos. Se rasgó una mañana que no estabas, y se terminó de partir cuando no volviste esa noche. La ventana estaba abierta, era testigo de tu fuga, de tu desaparición, y aún así me alegré de eso. La cama estaba fría y las sábanas apenas podían cubrirme, era como si el calor hubiera dejado un rastro de cometa tras de si, y se esfumara de a poquito, como no queriendo llamar la atención. Pero no lo logró, yo lo noté, noté que la silla estaba vacía, noté que la alfombra corrida, noté que mi cuerpo solo. Todo eso lo percibí sin siquiera abrir los ojos, era como si ya me hubieran mostrado el cuadro. ¿Qué podía hacer, llorar? ¿Enloquecer? No, eso lo resguardaba para situaciones banales, esa vez me limité a levantarme con parsimonia, ponerme mi mejor vestido (ese que había comprado para aquella noche tan especial) y salir a la vida, a ver que tenía para darme a cambio de lo que me quitó.

La calle estaba completamente vacía, y el Sol brillaba con una intensidad nunca vista. Todo era para mi, el viento, los papelitos abollados, el cartel caído, e incluso la estatua de la plaza. Así que caminé, caminé apreciando todo lo que me pertenecía. “Soy rica”, fue mi primer pensamiento. Pensamiento que fue sorprendido instantáneamente por la realidad, que recordaba que la única fuente de mi riqueza había desaparecido de la noche a la mañana sin siquiera avisar.

Mis talones iban a un compás un tanto extraño, se tropezaban, se trababan, eran dos simios intentando bailar un ballet. Igual los dejé ser. Dejar ser, dejar que las cosas se den a su gusto y no interponerse, porque el movimiento de un músculo podría ser fatal.

Me viste, me provocaste, y todo para después poder culparme con el dedo acusador de pecados por ambos cometidos. Ya lo dijo Sor Juana, “Y si con ansias sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien, si las incitáis al mal?”, tantos años atrás y ya prevenida, ya previniendo a las de por venir, pero yo… pero yo no vi las señales, o más bien no quise verlas y preferí mantenerme en mi mundo de ilusiones, todo luminoso y de pasto verde, del que no tiene abrojos. Tonta, ahora tenés la vida, pero no vivís.

Seguí caminando, ¿qué más podía hacer? El Sol me quemaba los hombros, y la mirada poco a poco se perdía cada vez más en el horizonte. De pronto, una piedra en el camino. Tropecé. Y al levantar la vista, ahí estabas, con una sonrisa inigualable, hablando de confusiones, de emergencias, de perdones, y de promesas que en el fondo yo sabía que no cumplirías. Pero como buena soñadora te devolví la sonrisa y tomé tu mano, para dejar atrás la vida, y volver a vivir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

les temps sont durs pour les rêveurs...