Después de tantos años ya estaba cansada, agotada de la terrible carga. Ofelia se mantenía a al calor de la chimenea en su cuarto, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres, agachada a un costado del fuego mientras sostenía en sus largos y blancos dedos el ultimo papel que restaba de aquella vida. No sabía cómo, pero el destino se las había ingeniado para revelarle a su padre el secreto que ella tanto guardaba y cuidaba de la erosión. Sabía que ahora no podría volver a mirarlo a los ojos, y también sabía que él mismo no querría dirigirle la mirada nunca más, por eso no salía de su cuarto, por eso en vez de salir a la vida y dar largas caminatas de invierno se quedaba encerrada sola.
Ya su edad le decía que el no haber conseguido pretendiente hasta ese momento, la condenaría a una vida solitaria, aún así prefería la soltería. El amor había dejado huellas en su pasado, Ofelia fue una de las pocas personas que pudo disfrutar realmente de lo que se dice Amor, y no se arrepentía. El problema no era lo que fue, sino lo que ya no sería.
Su pálida tez, sus ojos vacíos, y esa boca que ya no volvería a ser sonrisa, era un cuadro triste pintado por el más déspota pintor, como queriendo odiarlo. Nada, nada quedaba ya. Los últimos intentos de reconciliación con lo que restaba de su familia, habían fallado rotundamente, y su padre… su padre mantenía su mirada de decepción.
Tras años de curar heridas propias, tras años de injusticias, de conspiraciones y de basura debajo de la alfombra, Ofelia poco a poco se fue acostumbrando a no sentir. Ya no sentía, ya no vivía, los días pasaban como el agua por su cauce, sin recuerdos ni transiciones. Eso ya no valía la pena. Miraba el cuarto, totalmente vacío de emoción, parecía como si nunca nadie hubiese vivido ahí, y a la luz de los leños quemándose solo quedaba como fotografía antigua. “Qué más da” se dijo a si misma, las cartas nada valían ahora, eran meros papeles entintados que solo servían para lastimarla y recordarle los pecados cometidos en aquellos tiempos.
Vivir con aquel secreto, no. Era cargar con un muerto sobre los hombros, pero lo que ella realmente anhelaba era enterrarlo en lo más profundo del jardín, no cualquier jardín, sino el jardín donde se hamacaba de pequeña y jugaba a las escondidas. Mancharlo no podía, ya estaba más sucio que su corazón, y sería el lugar apropiado donde depositar culpas y olvidar penas. Si, sería el lugar perfecto.
Ya su cuerpo delgado no resistiría por mucho tiempo más, y no quería que nadie jamás volviera a saber de la existencia de tan temible monstruo. Con penosa dificultad se arrimó un poco más a la chimenea, y soltando conjuntamente un suspiro, arrojó el papel restante al fuego.
Fascinación.
Se quedó allí, viendo como se consumía lentamente. El papel se retorcía en aparente agonía mientras las llamas bailaban a su alrededor, era un espectáculo hermoso, casi hipnótico. Ofelia casi podía sentir el dolor de aquellas palabras calcinándose, convirtiéndose en cenizas, el paso al pasado era largo pero prometía ser increíblemente gratificante. ¡Por fin, ahora si podría volver a sentir!
Llorando lágrimas de cocodrilo intentó recobrar aquello que perdió tiempo atrás, pero no lo vio llegar. Ni rastros concebidos de que su alma mostrara algún signo de luz, o incluso oscuridad. Nada. A diferencia de como ella pensó que tomaría la desaparición completa de evidencia, no sintió nada. Su última esperanza consumida, y Ofelia no sintió nada, ni dolor, ni pena, ni alegría, nada.
Secó las gotas insulsas, que parecían recorrer desiertos de sal, y con un último esfuerzo volvió a acomodarse a un costado de la chimenea de su habitación, poniéndose al calor del fuego, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres.
domingo, diciembre 17, 2006
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