Miarlo, tengo mi corazoncito abierto, todo para vos. Se rasgó una mañana que no estabas, y se terminó de partir cuando no volviste esa noche. La ventana estaba abierta, era testigo de tu fuga, de tu desaparición, y aún así me alegré de eso. La cama estaba fría y las sábanas apenas podían cubrirme, era como si el calor hubiera dejado un rastro de cometa tras de si, y se esfumara de a poquito, como no queriendo llamar la atención. Pero no lo logró, yo lo noté, noté que la silla estaba vacía, noté que la alfombra corrida, noté que mi cuerpo solo. Todo eso lo percibí sin siquiera abrir los ojos, era como si ya me hubieran mostrado el cuadro. ¿Qué podía hacer, llorar? ¿Enloquecer? No, eso lo resguardaba para situaciones banales, esa vez me limité a levantarme con parsimonia, ponerme mi mejor vestido (ese que había comprado para aquella noche tan especial) y salir a la vida, a ver que tenía para darme a cambio de lo que me quitó.
La calle estaba completamente vacía, y el Sol brillaba con una intensidad nunca vista. Todo era para mi, el viento, los papelitos abollados, el cartel caído, e incluso la estatua de la plaza. Así que caminé, caminé apreciando todo lo que me pertenecía. “Soy rica”, fue mi primer pensamiento. Pensamiento que fue sorprendido instantáneamente por la realidad, que recordaba que la única fuente de mi riqueza había desaparecido de la noche a la mañana sin siquiera avisar.
Mis talones iban a un compás un tanto extraño, se tropezaban, se trababan, eran dos simios intentando bailar un ballet. Igual los dejé ser. Dejar ser, dejar que las cosas se den a su gusto y no interponerse, porque el movimiento de un músculo podría ser fatal.
Me viste, me provocaste, y todo para después poder culparme con el dedo acusador de pecados por ambos cometidos. Ya lo dijo Sor Juana, “Y si con ansias sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien, si las incitáis al mal?”, tantos años atrás y ya prevenida, ya previniendo a las de por venir, pero yo… pero yo no vi las señales, o más bien no quise verlas y preferí mantenerme en mi mundo de ilusiones, todo luminoso y de pasto verde, del que no tiene abrojos. Tonta, ahora tenés la vida, pero no vivís.
Seguí caminando, ¿qué más podía hacer? El Sol me quemaba los hombros, y la mirada poco a poco se perdía cada vez más en el horizonte. De pronto, una piedra en el camino. Tropecé. Y al levantar la vista, ahí estabas, con una sonrisa inigualable, hablando de confusiones, de emergencias, de perdones, y de promesas que en el fondo yo sabía que no cumplirías. Pero como buena soñadora te devolví la sonrisa y tomé tu mano, para dejar atrás la vida, y volver a vivir.
lunes, diciembre 25, 2006
domingo, diciembre 17, 2006
Ofelia
Después de tantos años ya estaba cansada, agotada de la terrible carga. Ofelia se mantenía a al calor de la chimenea en su cuarto, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres, agachada a un costado del fuego mientras sostenía en sus largos y blancos dedos el ultimo papel que restaba de aquella vida. No sabía cómo, pero el destino se las había ingeniado para revelarle a su padre el secreto que ella tanto guardaba y cuidaba de la erosión. Sabía que ahora no podría volver a mirarlo a los ojos, y también sabía que él mismo no querría dirigirle la mirada nunca más, por eso no salía de su cuarto, por eso en vez de salir a la vida y dar largas caminatas de invierno se quedaba encerrada sola.
Ya su edad le decía que el no haber conseguido pretendiente hasta ese momento, la condenaría a una vida solitaria, aún así prefería la soltería. El amor había dejado huellas en su pasado, Ofelia fue una de las pocas personas que pudo disfrutar realmente de lo que se dice Amor, y no se arrepentía. El problema no era lo que fue, sino lo que ya no sería.
Su pálida tez, sus ojos vacíos, y esa boca que ya no volvería a ser sonrisa, era un cuadro triste pintado por el más déspota pintor, como queriendo odiarlo. Nada, nada quedaba ya. Los últimos intentos de reconciliación con lo que restaba de su familia, habían fallado rotundamente, y su padre… su padre mantenía su mirada de decepción.
Tras años de curar heridas propias, tras años de injusticias, de conspiraciones y de basura debajo de la alfombra, Ofelia poco a poco se fue acostumbrando a no sentir. Ya no sentía, ya no vivía, los días pasaban como el agua por su cauce, sin recuerdos ni transiciones. Eso ya no valía la pena. Miraba el cuarto, totalmente vacío de emoción, parecía como si nunca nadie hubiese vivido ahí, y a la luz de los leños quemándose solo quedaba como fotografía antigua. “Qué más da” se dijo a si misma, las cartas nada valían ahora, eran meros papeles entintados que solo servían para lastimarla y recordarle los pecados cometidos en aquellos tiempos.
Vivir con aquel secreto, no. Era cargar con un muerto sobre los hombros, pero lo que ella realmente anhelaba era enterrarlo en lo más profundo del jardín, no cualquier jardín, sino el jardín donde se hamacaba de pequeña y jugaba a las escondidas. Mancharlo no podía, ya estaba más sucio que su corazón, y sería el lugar apropiado donde depositar culpas y olvidar penas. Si, sería el lugar perfecto.
Ya su cuerpo delgado no resistiría por mucho tiempo más, y no quería que nadie jamás volviera a saber de la existencia de tan temible monstruo. Con penosa dificultad se arrimó un poco más a la chimenea, y soltando conjuntamente un suspiro, arrojó el papel restante al fuego.
Fascinación.
Se quedó allí, viendo como se consumía lentamente. El papel se retorcía en aparente agonía mientras las llamas bailaban a su alrededor, era un espectáculo hermoso, casi hipnótico. Ofelia casi podía sentir el dolor de aquellas palabras calcinándose, convirtiéndose en cenizas, el paso al pasado era largo pero prometía ser increíblemente gratificante. ¡Por fin, ahora si podría volver a sentir!
Llorando lágrimas de cocodrilo intentó recobrar aquello que perdió tiempo atrás, pero no lo vio llegar. Ni rastros concebidos de que su alma mostrara algún signo de luz, o incluso oscuridad. Nada. A diferencia de como ella pensó que tomaría la desaparición completa de evidencia, no sintió nada. Su última esperanza consumida, y Ofelia no sintió nada, ni dolor, ni pena, ni alegría, nada.
Secó las gotas insulsas, que parecían recorrer desiertos de sal, y con un último esfuerzo volvió a acomodarse a un costado de la chimenea de su habitación, poniéndose al calor del fuego, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres.
Ya su edad le decía que el no haber conseguido pretendiente hasta ese momento, la condenaría a una vida solitaria, aún así prefería la soltería. El amor había dejado huellas en su pasado, Ofelia fue una de las pocas personas que pudo disfrutar realmente de lo que se dice Amor, y no se arrepentía. El problema no era lo que fue, sino lo que ya no sería.
Su pálida tez, sus ojos vacíos, y esa boca que ya no volvería a ser sonrisa, era un cuadro triste pintado por el más déspota pintor, como queriendo odiarlo. Nada, nada quedaba ya. Los últimos intentos de reconciliación con lo que restaba de su familia, habían fallado rotundamente, y su padre… su padre mantenía su mirada de decepción.
Tras años de curar heridas propias, tras años de injusticias, de conspiraciones y de basura debajo de la alfombra, Ofelia poco a poco se fue acostumbrando a no sentir. Ya no sentía, ya no vivía, los días pasaban como el agua por su cauce, sin recuerdos ni transiciones. Eso ya no valía la pena. Miraba el cuarto, totalmente vacío de emoción, parecía como si nunca nadie hubiese vivido ahí, y a la luz de los leños quemándose solo quedaba como fotografía antigua. “Qué más da” se dijo a si misma, las cartas nada valían ahora, eran meros papeles entintados que solo servían para lastimarla y recordarle los pecados cometidos en aquellos tiempos.
Vivir con aquel secreto, no. Era cargar con un muerto sobre los hombros, pero lo que ella realmente anhelaba era enterrarlo en lo más profundo del jardín, no cualquier jardín, sino el jardín donde se hamacaba de pequeña y jugaba a las escondidas. Mancharlo no podía, ya estaba más sucio que su corazón, y sería el lugar apropiado donde depositar culpas y olvidar penas. Si, sería el lugar perfecto.
Ya su cuerpo delgado no resistiría por mucho tiempo más, y no quería que nadie jamás volviera a saber de la existencia de tan temible monstruo. Con penosa dificultad se arrimó un poco más a la chimenea, y soltando conjuntamente un suspiro, arrojó el papel restante al fuego.
Fascinación.
Se quedó allí, viendo como se consumía lentamente. El papel se retorcía en aparente agonía mientras las llamas bailaban a su alrededor, era un espectáculo hermoso, casi hipnótico. Ofelia casi podía sentir el dolor de aquellas palabras calcinándose, convirtiéndose en cenizas, el paso al pasado era largo pero prometía ser increíblemente gratificante. ¡Por fin, ahora si podría volver a sentir!
Llorando lágrimas de cocodrilo intentó recobrar aquello que perdió tiempo atrás, pero no lo vio llegar. Ni rastros concebidos de que su alma mostrara algún signo de luz, o incluso oscuridad. Nada. A diferencia de como ella pensó que tomaría la desaparición completa de evidencia, no sintió nada. Su última esperanza consumida, y Ofelia no sintió nada, ni dolor, ni pena, ni alegría, nada.
Secó las gotas insulsas, que parecían recorrer desiertos de sal, y con un último esfuerzo volvió a acomodarse a un costado de la chimenea de su habitación, poniéndose al calor del fuego, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres.
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