martes, septiembre 05, 2006

Ojos carmesí

La habitación estaba oscura, nuca había estado tan oscura como en aquel momento en que me paré en medio de ella, dejando que la luz de la Luna que entraba por los amplios ventanales iluminara mis pies descalzos. El olor a vacío llenaba mis pulmones, los cuales parecían como si no se hubieran usado en mucho tiempo. Siempre pensé que ese departamento en el último piso de la torre era demasiado grande para una sola persona, pero no pareció importarme cuando lo compré. Sí cuando sentí su soledad.

Una leve brisa, proveniente un gran ventanal semiabierto, que llegaba al piso, corría y se deslizaba por mis ligeras ropas. Me acerqué lentamente hacia la pequeña mesa que se encontraba en medio de la sala de estar, y con las manos ligeramente temblorosas tomé el arma; cuan pesada se sentía… una única bala yacía sobre la misma mesa, y con la misma lentitud de un conejo que sabe que se dirige a la boca del lobo, la tomé con mis dedos y la coloqué dentro de la pistola. La duda arremetió contra mí, y por un instante pensé que tal vez habría otra salida, una escapatoria no tan drástica a mi soledad. Pero luego de unos momentos de dubitación me di cuenta que por más que lo pensara, y por más que lo soñara, mi vida siempre estaría condenada al aislamiento. El cariño y amor de las personas brillaba por su ausencia, estaban para mí, tan lejos como el horizonte. La condena de vivir en un desierto mataba poco a poco, ¿cuál era entonces el problema de terminar con el sufrimiento? Una vez más me sorprendí respondiéndome que no había ninguno. Con el pesado artefacto en mis manos, lentamente fui elevando el brazo hasta que sentí el frío acero rozarme el pecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Siempre me pregunté a dónde iría si me quitaba la vida, si sería el cielo o el infierno. Pasé mis días procurando ser un miembro productivo de la sociedad, sin resaltar demasiado, manteniéndome al margen de los problemas, intentando ser feliz, pero la vida nunca pareció corresponderme. Cerré fuertemente los ojos y con el temblor aún en las manos presioné el gatillo. Silencio.

Por incontables segundos pareció como si el mundo entero hubiera callado para verme morir. Luego un estruendo me aturdió de increíble forma los oídos y después de eso una sucesión de sonidos recorrió la habitación. Primero el del metal golpeando el suelo de madera, como un gran pedazo de plomo y el roce del desliz del arma sobre el suelo. A eso le siguió el ruido de mi cuerpo golpeando la misma superficie que el instrumento que había organizado todo aquel escándalo. Finalmente, de manera muy sutil y casi imperceptible, la sangre brotando a borbotones de la herida. Podía sentirla fluir con fuerza fuera de mi pecho, como si intentara escapar de aquella cárcel en la cual tantos años había estado encerrada. Sentí su calor deslizarse sobre mi abdomen hasta suavemente envolver con sus encantos mis helados dedos. Así fue como pude comprobar que aún estaba con vida. La gente dice que en esa clase de sucesos uno ve la vida correr por sus ojos en un segundo, pues conmigo no fue así. Yo no vi mi vida, ni parte de ella, talvez será porque no tenía nada para recordar de una vida tan falta de emociones.

Intenté sin éxito respirar profundamente, pero me encontré sin las fuerzas suficientes para hacerlo, simplemente un ligero suspiro, que triste y lastimoso, escapó de mis labios. Miré el techo, liso, monótono, sin imperfecciones. Un gran cansancio embistió mi persona de golpe, mientras la sangre continuaba bañándome. De pronto, por el rabillo del ojo logré percibir una sombra un tanto extraña en la pared. Lentamente y con dificultad giré mi cabeza hacia el ventanal, de donde aparentemente provenía el origen de dicha sombra y todo pequeño movimiento que hacia mi cuerpo al retorcerse se detuvo, si se podía más de lo que ya estaba, por lo que mis ojos contemplaron: del otro lado del ventanal parcialmente abierto, parada en el balcón, había una figura humana, erguida e inmóvil. No pude dar crédito a lo que veía, sin entender como una persona había logrado llegar allí, si estábamos a veintidós pisos del suelo, y no había otra forma de acceso que no sea por la sala en donde yo estaba desde hacía más de tres horas. Esa figura comenzó a acercarse hacia mi, adentró un pie en la sala, y luego el otro para estar completamente dentro de ella. Caminó unos pasos hasta que estuvo a poco más de cuatro metros de donde yacía yo, y un sentimiento de fascinación nació en mí. Fascinación por lo que veía. En completa desnudez y bañándose en la luz de la Luna que le hacía brillar más que las mismas estrellas, se presentaba el ser más hermoso que jamás había visto. De cabellos plateados como el mismo astro que le alumbraba, éstos se movían armónicamente al compás del viento que soplaba por el departamento. Una piel lisa, sin imperfecciones y tan blanca como la espuma del mar quedaba completamente descubierta para deleite de mis ojos. Tenía un contorno suavemente marcado, liso y delicado. Y ese rostro, ese rostro tan hermoso, perfecto… una nariz pequeña sobre unos finos labios que no mostraban emoción. Pero lo que más me hipnotizó fueros sus ojos. Eran unos ojos grandes, de suaves contornos y un color que impactaba, rojo. Eran tan rojos y brillantes como un par de rubíes, tan rojos y profundos como la sangre que no dejaba de fluir fuera de mi cuerpo, y no pude evitar perderme en esa mirada, aunque al poco tiempo algo llamó mi atención. Detrás de ésta figura había algo más, algo que al verlo no pude creer. Envolviendo lentamente su cuerpo, con un roce sutil y delicado sobre su piel, un par de grandes y blancas alas salían de su espalda. Eran de una forma similar a la de las aves, pero no eran igual. Éstas eran gráciles y más blancas aún que su propia piel. Casi podía oír como éstas acariciaban a la hermosa criatura. Un ángel, pensé…

Estaba fuera de mí, la emoción y el placer de dicha situación no me permitieron notar que la figura comenzó a acercarse lentamente, hasta estar a menos de un paso de mi cuerpo. Se agachó a mi lado y me observó con la cabeza ligeramente inclinada a un lado y una expresión de duda. Me recordaba a un niño que mira un objeto sin comprender exactamente lo que es. Y luego de unos segundos bajo esa mirada extraña, sus labios se curvaron en una leve sonrisa. Algo cálido recorrió mi cuerpo por dentro al observar el bello cuadro que formaban esos labios junto con los ojos que también emanaban una tranquilidad asombrosa.
- Tienes una mirada hermosa. – dije mirándole fijamente. Cerró sus ojos, intensificando más su sonrisa.
- Lo sé.
- ¿Eres la muerte? – pregunta que debería haber hecho con temor, pero salió llena de confianza de mi boca.
- ¿Acaso lo parezco? – dijo con una mirada sorprendida.
- No, pareces un ángel.

Volvió a sonreír, y lentamente acercó su mano a mi mejilla. Y a pesar de que no me tocó, pude sentir el calor proveniente de la misma. En ese instante fui yo quien sonrió.
- ¿Quién eres? – le pregunté. Al instante comenzó a erguirse nuevamente ante mí, observándome desde arriba sin perder contacto visual.
- Levántate. – me dijo. Y como si sus palabras fueran órdenes, ayudándome con mi brazo me levanté del piso y me paré hasta estar a su misma altura. Éramos de igual tamaño. – Soy quien viene a llevarte de este mundo.

Su sonrisa había desaparecido y me miraba de forma seria y adulta. Comenzó a caminar mansamente por la habitación, dejando para deleite de mis ojos observar en su totalidad la delicia de los gráciles movimientos de su cuerpo desnudo, y sus alas, ahora plegadas en su espalda, moviéndose ligeramente con cada paso. Se paró en seco y con un rápido, pero elegante giro, volvió a quedar frente a mí. Miré hacia abajo y sin darme cuenta dejé escapar una lágrima que solitaria recorrió mi mejilla.
- ¿Por qué lloras? – me preguntó de forma aparentemente desinteresada.
- Porque me he dado cuenta que en verdad voy a morir.
- ¿Y por qué te preocupa eso si tú ya habías muerto? – Sin llegar a comprender sus palabras le miré y mis ojos expresaron claramente que no entendía a que se refería. – Has muerto desde el momento en que dejaste de tener interés por la vida, desde que aceptaste que tu existencia no era más que una carga para ti y el resto de las personas. Tú ya habías muerto desde que dejaste de sentir amor y atracción por el mundo que te rodeaba, y si fue así, hace ya tanto tiempo, ¿por qué entonces temes ahora, si lo único que ha cambiado es el hecho de que ya no necesitarás de tu cuerpo para continuar? – dejé de llorar al instante.
- ¿Entonces dices que a pesar de no seguir poseyendo mi cuerpo, seguiré viviendo?
- No, la vida es la unión entre el alma y el cuerpo, y tú ya no precisarás de tu cuerpo, por lo tanto ya no seguirás con vida. – Sus palabras no hacían más que confundirme. – Ahora tendrás libertad incondicionada.
- ¿Es que acaso no la tenía ya? – Cerró sus ojos e inclinando ligeramente la cabeza hacia abajo negó con un suave movimiento.
- El cuerpo es un represor, y sus limitadas funciones impiden la perfecta expresión de lo que se siente. Nunca podrás sentir, ni apreciar con libertad mientras tengas un impedimento que te limite a sus funciones, y no a las de tu alma. Ese impedimento es el cuerpo.

Sus ojos se desviaron a mi herida en el pecho. Entonces me di cuenta de que aún seguía chorreando sangre, el tener a tan fascinante individuo ante mí, me había hecho olvidar completamente de mi condición. Miré mis manos, seguían bañadas en aquel líquido vital, dándoles un tono escarlata. Volví a elevar la mirada hasta encontrar la suya y decidí sacarme la duda que me atormentaba momentos antes.
- ¿A dónde iré? ¿Será el cielo o el infierno?
- ¿Qué te hace suponer que ellos existen? – Su pregunta me dejó sin saber que responder.
- Todos saben que hay un cielo y un infierno, al cielo van las personas buenas y al infierno las malas. ¿A cuál iré yo?
- ¿Y acaso alguien ha vuelto de la muerte para comprobar tu teoría?
- No.
- ¿Entonces en que te basas para decir que existe un cielo y un infierno?
- ¿Entonces no los hay?
- No niego su existencia, pero tampoco la afirmo. – La confusión en mí crecía con cada palabra que decía. – De todos modos no puedo decirte lo que te espera, eso lo comprobarás tú cuando llegue el momento. A todos les espera algo, pero difiere según la persona. – Cerró los ojos nuevamente, y por alguna razón me disgustó que lo hiciera, quería que esos ojos se mantuvieran abiertos, para así poder apreciarlos por completo. Pasó su mano sobre sus cabellos, agitándolos un poco como queriendo desordenarlos, pero estos volvieron a caer en perfecta posición, tal cual estaban antes. – Yo no sé más que tú, solo sé lo que tú sabes.
- ¿Cómo es eso? – Pregunté, apenas prestando atención en lo que salía de mi boca por perderme nuevamente en esos ojos que habían vuelto a abrirse y ahora me dedicaban una profunda mirada.
- Yo sólo soy un reflejo de tu persona, por lo tanto sólo sé lo que tú ya sabes, y las respuestas que doy a tus preguntas tú ya las conoces. Este cuerpo, ésta imagen que tengo la has elegido tú, muestra no lo que tienes en tu interior, sino lo que deseas ver en el mismo.

Comencé a pensar que esa respuesta no estaba muy alejada de la verdad, puesto que a quien le hablaba era la mera personificación de la belleza, y si yo anhelaba algo en relación a lo que sentía en mí, era pues la perfecta hermosura de mi persona, algo que se alejaba de la realidad.
- Pero si tú no sabes más que yo, entonces ¿cuál es tu misión aquí? ¿Por qué has venido?
- Ante tu primera pregunta, puedo responder que mi deber es hacerte entender el porque debes irte, algo que tú ya bien sabes, solo que no te has dado cuenta de ello todavía. Y en cuanto a por qué he venido, lo he hecho sólo porque tú así lo has deseado, por pura voluntad. – En ese momento pensé que había errado, puesto que yo nunca pensé en ayuda para la transición hacia el otro lado, ni siquiera sabía de la existencia de éste ser, pero como si hubiera leído mis pensamientos, se adelantó a que yo preguntara. – Mírate. Aún sigues de pie, ¿sabes por qué? – Negué tímidamente con la cabeza. – Si es así, ¿por qué te has disparado en el pecho en lugar de escoger la cabeza, sabiendo que de hacerlo así tendrías una muerte rápida, instantánea, a diferencia de la lenta y pausada que estás teniendo ahora? Si no hubieras deseado ayuda, hubieras dirigido la bala a tu sien, en cambio elegiste esta forma porque así sabrías que yo aparecería para terminar de convencerte de lo que ya no tiene vuelta atrás.
- Te equivocas, porque de ser así, yo debería haber tenido previos conocimientos de tu existencia, y no fue así. La primera vez que te vi fue hace unos momentos atrás, cuando entraste por mi ventanal.

El ángel comenzó a caminar, hasta posicionarse justo detrás de mí. Acercó su rostro hasta la unión de mi cuello con mi hombro de tal forma que pude sentir su respiración, lenta y cálida, sobre mi piel, qué se tensó ante esta sensación. Luego, de forma pausada y lenta, en un tono que llegaba hasta el centro de mis huesos, endulzó mis oídos con su suave voz nuevamente.
- Es verdad que esa fue la primera vez que me viste, pero tú ya sabías de mi, lo sabías desde tiempos remotos, desde antes de nacer. – Con cada palabra se acercaba más a mi piel, tanto que podía sentir el fervor de sus labios sobre ésta, sin que siquiera me tocaran, haciéndome estremecer de la forma más intensa. – Yo siempre estuve a tu lado, desde comienzos de tu existencia. E inconscientemente ya me conocías, porque estaba dentro tuyo, porque en cierto sentido tú me creaste, tú me diste vida.

Levantó lentamente sus manos al costado de mi cuerpo, como si quisiera tomarme por los brazos, pero cuando sólo faltaban escasos centímetros para poder sentir aquellos dedos sobre mí, éstos volvieron a su antiguo lugar, al mismo tiempo que la hermosa criatura se alejaba a lentos pasos, haciendo que una sensación de desilusión se apoderara de mi interior, desilusión por no haber sentido su esencia sobre mí. Volvió a rodearme hasta quedar cara a cara conmigo, a muy corta distancia. Ahora en su rostro había una oposición de expresiones. Mientras que sus ojos me dirigían una mirada seria e intensa, en sus labios se dibujaba una leve sonrisa. Para mi sorpresa, me encontré acercándome lentamente a esos labios, tratando de alcanzarlos con los míos y entrecerrando levemente los ojos, pero sin dejar de fijarlos en su boca. La anhelaba. Pero cuando ya sentía su aliento humedecer mi piel, se alejó de forma rápida, dirigiéndome una sonrisa un tanto sagaz. Nuevamente me atrapó el carmesí de sus ojos, y sentí que me perdía en ellos.
- ¿Por qué? ¿Por qué son rojos?
- Eso tú bien lo sabes.
- Sí, pero quiero oírlo de ti.
- Son rojos porque roja es la sangre, rojo es el color de aquello que te da vida y que tanto te cuesta asimilar como tu fuente de la misma. Roja es la sangre que en tu niñez rehuías por miedo, miedo a ese líquido que en pequeñas gotas salía de tu herida en el dedo. Roja es la sangre que ahora brota de tu herida, quitándote aquello que no supiste valorar como se debía, bañando en su tibio calor tu cuerpo que ahora comienza a enfriarse. Roja es la sangre que tanto odiaste por mantenerte en este mundo, y que ahora temes perder, porque temes a lo desconocido.

Sus ojos brillaron con intensidad, tanto que los pude sentir introducirse en mi corazón y llegar al fondo de mi alma. Y sus palabras no eran erradas, el miedo que me invadía en aquel momento era inmenso. Se alejó unos pasos, para poder mirarme completamente.
- Siempre te acompañé con estos ojos que tú elegiste por cuenta propia. – dijo sin dejar de sonreír, ahora de forma comprensiva y tranquila. – A pesar de lo que pensabas, nunca sufriste lo que es la soledad, porque yo he estado contigo en cada momento. Sin darte cuenta, me tuviste a tu lado continuamente.
- ¿Me acompañarás ahora?
- Si, como siempre lo he hecho y como siempre haré, hasta el fin de la eternidad.

Extendió su mano hacia mí, y en ese momento sentí que la tranquilidad me invadía en cada célula, entendí por fin que todo este tiempo había errado, ya que era imposible que sintiera soledad, porque siempre había tenido la compañía de mi propio ser, y mientras yo me tuviera, mi vida nunca podría haber sido un desierto, porque siempre habría un apersona para acompañarme, y esa persona era yo.

Y con una sonrisa en mis labios, luego de haber comprendido lo que ya sabía, extendí mi brazo, para delicadamente tomar su mano y fundirme conmigo.