domingo, julio 16, 2006

Automatismo

Se levantó como todas los días a las 5 de la mañana, buscó el periódico bajo su puerta y se preparó un café, mientras escuchaba las noticias sin sorpresa alguna y aguardaba la hora de ir a trabajar. Una mujer de unos 37 años, de pelo raído, delgada y ojos vacíos de tanto no ver. No tenía amigos, ni mascota, ni siquiera un buen libro de cabecera que le hiciera de compañía en las frías noches de Julio. Tenía un rostro cansado, pero no era por falta de sueño. Su cansancio era otro, era el cansancio de vivir siempre la misma rutina, de que no haya en su vida ni felicidades ni tristezas. No sabía lo que era sorprenderse por la visita inesperada de alguien que añoraba o desilusionarse al no encontrar tarjeta alguna bajo su puerta el día de su cumpleaños. No sabía de emociones puesto que nunca había disfrutado ninguna.

Terminó su café y se vistió para tomar el autobús de las 6 que la llevaría a su lugar de trabajo. Afuera llovía y el viento hacía que los viejos pantalones de lino, humedecidos por el agua, se le pegasen en la piel. Subió al autobús y luego de pagar su boleto se sentó en la última fila del lado de la ventanilla, y casi automáticamente giró su cabeza hacia el costado y perdió la mirada las imágenes que pasaban rápidamente por la ventana.

Llegó a su lugar de destino, ingresó al edificio y subió hasta el piso 24 para tomar lugar en su cubículo, adornado de papeles, carpetas y una computadora. Al poco tiempo de haberse sentado apareció Samanta, con la barriga sobresaliendo de su cuerpo, y mientras se tomaba con una mano la cintura y con la otra acariciaba su vientre le dijo con una sonrisa: - Solo faltan tres semanas. – Y se rió emocionada. Ella no hizo más que alzar su mirada y forzar un intento de alegría, algo que le daba muchas dificultades. Luego volvió su vista hacia la computadora y mientras trataba de descubrir qué le veían todas las mujeres a pasar nueve meses con nauseas, dolores y jaquecas. Concentró más su vista en los números de la pantalla y ágilmente comenzó a escribir en el teclado. Los dedos se movían rápidamente, y ella parecía compenetrarse tanto en lo que hacía que no se sabía donde terminaba ella y donde empezaba la máquina. Paró para el almuerzo, el cual lo tuvo en el buffet de la empresa, en una mesa del costado con la única compañía de una paloma que se posó en el ventanal junto a ella, y luego siguió encerrada en su cubículo hasta que se hizo la hora de volver a casa.

El viaje de vuelta no discrepaba en nada con el de ida, mismo asiento, mismo autobús, misma mirada perdida por la ventanilla. Al llegar a su casa ya había parado de llover, pero la noche se hacía oscura y el ambiente húmedo se mantenía. Abrió lentamente la puerta de su casa, se limpió los zapatos en la alfombra y recogió la correspondencia que le habían depositado bajo la puerta. Se dirigió a la tranquila sala de estar, se sentó en el sillón de cuero y encendió el televisor. Miró la tele sin verla, mientras las noticias se aparecían frente a sus ojos: un atentado en Irak causo veinte muertos, un accidente en Juramento dejó la calle cortada, en un hospital de Estados Unidos se acercaron un paso más hacia la vacuna contra el SIDA y un estudio determinó que los adolescentes son más propensos a la violencia que lo eran hace 10 años. Pero nada de esto pareció afectarle en lo más mínimo. Lentamente, casi con parsimonia, revisó la correspondencia, solo para darse cuenta de que eran todas facturas y ni una sola carta dirigida a ella. Esto debería haberle sorprendido, dado que ese mismo día se celebraba su nacimiento, pero claro, ella no sabía desilusionarse al no encontrar tarjeta alguna bajo su puerta el día de su cumpleaños.

Dejó con desgano las cartas sobre la mesa, tomó el control remoto y amagó a cambiar de canal, pero se detuvo en seco. Se quedó paralizada, con los ojos en el televisor y el brazo extendido con el control, y algo increíblemente extraño le sucedió. Una cascada de palabras comenzó a inundar su mente: amistad, amor, odio, pasión, venganza, dolor, alegría, tristeza, pena, emoción… y empezó a recordar aquellos buenos amigos que nunca tuvo, la familia que nunca la apoyó, el perrito que jamás movió su cola al verla llegar, el amor que no conoció, y todo esto comenzó a estallar al unísono en su cabeza. De pronto el sillón en el que estaba empezó a temblar y el televisor irradiaba una luz blanca y emitía un chillido muy fuerte. Se miró las manos, se estaban derritiendo, como una vieja vela que ya no quiere alumbrar. Una sonrisa jamás conocida apareció en su rostro y sus ojos brillaron como nunca. Se levanto mientras la casa crujía y comenzó a dar vueltas y vueltas sobre sí, con los brazos extendidos y el pelo desafiando el viento. Una alegre risa salía de su boca, mientras cucarachas, polillas, hormigas y millones de insectos se apoderaban de la casa. Todo el lugar comenzó a desmoronarse lentamente, un gran cascote calló sobre el televisor y lo aplastó, creando un cortocircuito y a su vez prendiendo fuego las cortinas. Los insectos seguían apareciendo, y las sillas comenzaron a mover sus cuatro patas y a trotar por todo el lugar. Estaba desenfrenada, con una expresión que jamás había estado antes en ella. Daba vueltas, y bailaba al compás de una melodía inexistente, mientras su piel se agrietaba y sus ropas se deshacían. Todo el lugar estaba en llamas, y éstas bailaban con ella al mismo ritmo. Las paredes se ondulaban como olas del mar, mientras que del techo ya poco quedaba, y los ladrillos caían uno a uno rompiendo el piso. Ya no había loza en este, sino tierra, tierra y piedras. Enormes fosas se formaban en el piso, y estas parecían no tener fondo, como si fueran pequeños abismos buscando tragarse todo lo que encontraran. Bailando, saltando, riendo, gritando algo llamó su atención, un espejo de cuerpo entero se mantenía de pie todavía. Ella, desnuda, con su piel calcinada, rasgada, derretida, con heridas abiertas de las cuales ríos de sangre negra brotaban, se acercó al espejo y todo cesó de golpe. En su reflejo no había quemaduras, ni heridas, ni insectos comiendo su carne. Desde el espejo le devolvía la mirada una mujer de unos 37 años, de pelo raído, delgada y ojos vacíos de tanto no ver. Tenía un rostro cansado, pero no era por falta de sueño. Su cansancio era otro, era el cansancio de vivir siempre la misma rutina.

Lentamente se fue hasta su cuarto y se acostó en la cama. Al otro día se levantó a las 5 de la mañana, buscó el periódico bajo su puerta y se preparó un café, mientras escuchaba las noticias sin sorpresa alguna y aguardaba la hora de ir a trabajar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó...
Me mató esa verborragia mental que le agarró a la buena mujer...seguida por esa loca loca escena de descontrol y desastre!...
Supongo que después de todo....aun hay algo vivo dentro de ella...