Miarlo, tengo mi corazoncito abierto, todo para vos. Se rasgó una mañana que no estabas, y se terminó de partir cuando no volviste esa noche. La ventana estaba abierta, era testigo de tu fuga, de tu desaparición, y aún así me alegré de eso. La cama estaba fría y las sábanas apenas podían cubrirme, era como si el calor hubiera dejado un rastro de cometa tras de si, y se esfumara de a poquito, como no queriendo llamar la atención. Pero no lo logró, yo lo noté, noté que la silla estaba vacía, noté que la alfombra corrida, noté que mi cuerpo solo. Todo eso lo percibí sin siquiera abrir los ojos, era como si ya me hubieran mostrado el cuadro. ¿Qué podía hacer, llorar? ¿Enloquecer? No, eso lo resguardaba para situaciones banales, esa vez me limité a levantarme con parsimonia, ponerme mi mejor vestido (ese que había comprado para aquella noche tan especial) y salir a la vida, a ver que tenía para darme a cambio de lo que me quitó.
La calle estaba completamente vacía, y el Sol brillaba con una intensidad nunca vista. Todo era para mi, el viento, los papelitos abollados, el cartel caído, e incluso la estatua de la plaza. Así que caminé, caminé apreciando todo lo que me pertenecía. “Soy rica”, fue mi primer pensamiento. Pensamiento que fue sorprendido instantáneamente por la realidad, que recordaba que la única fuente de mi riqueza había desaparecido de la noche a la mañana sin siquiera avisar.
Mis talones iban a un compás un tanto extraño, se tropezaban, se trababan, eran dos simios intentando bailar un ballet. Igual los dejé ser. Dejar ser, dejar que las cosas se den a su gusto y no interponerse, porque el movimiento de un músculo podría ser fatal.
Me viste, me provocaste, y todo para después poder culparme con el dedo acusador de pecados por ambos cometidos. Ya lo dijo Sor Juana, “Y si con ansias sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien, si las incitáis al mal?”, tantos años atrás y ya prevenida, ya previniendo a las de por venir, pero yo… pero yo no vi las señales, o más bien no quise verlas y preferí mantenerme en mi mundo de ilusiones, todo luminoso y de pasto verde, del que no tiene abrojos. Tonta, ahora tenés la vida, pero no vivís.
Seguí caminando, ¿qué más podía hacer? El Sol me quemaba los hombros, y la mirada poco a poco se perdía cada vez más en el horizonte. De pronto, una piedra en el camino. Tropecé. Y al levantar la vista, ahí estabas, con una sonrisa inigualable, hablando de confusiones, de emergencias, de perdones, y de promesas que en el fondo yo sabía que no cumplirías. Pero como buena soñadora te devolví la sonrisa y tomé tu mano, para dejar atrás la vida, y volver a vivir.
lunes, diciembre 25, 2006
domingo, diciembre 17, 2006
Ofelia
Después de tantos años ya estaba cansada, agotada de la terrible carga. Ofelia se mantenía a al calor de la chimenea en su cuarto, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres, agachada a un costado del fuego mientras sostenía en sus largos y blancos dedos el ultimo papel que restaba de aquella vida. No sabía cómo, pero el destino se las había ingeniado para revelarle a su padre el secreto que ella tanto guardaba y cuidaba de la erosión. Sabía que ahora no podría volver a mirarlo a los ojos, y también sabía que él mismo no querría dirigirle la mirada nunca más, por eso no salía de su cuarto, por eso en vez de salir a la vida y dar largas caminatas de invierno se quedaba encerrada sola.
Ya su edad le decía que el no haber conseguido pretendiente hasta ese momento, la condenaría a una vida solitaria, aún así prefería la soltería. El amor había dejado huellas en su pasado, Ofelia fue una de las pocas personas que pudo disfrutar realmente de lo que se dice Amor, y no se arrepentía. El problema no era lo que fue, sino lo que ya no sería.
Su pálida tez, sus ojos vacíos, y esa boca que ya no volvería a ser sonrisa, era un cuadro triste pintado por el más déspota pintor, como queriendo odiarlo. Nada, nada quedaba ya. Los últimos intentos de reconciliación con lo que restaba de su familia, habían fallado rotundamente, y su padre… su padre mantenía su mirada de decepción.
Tras años de curar heridas propias, tras años de injusticias, de conspiraciones y de basura debajo de la alfombra, Ofelia poco a poco se fue acostumbrando a no sentir. Ya no sentía, ya no vivía, los días pasaban como el agua por su cauce, sin recuerdos ni transiciones. Eso ya no valía la pena. Miraba el cuarto, totalmente vacío de emoción, parecía como si nunca nadie hubiese vivido ahí, y a la luz de los leños quemándose solo quedaba como fotografía antigua. “Qué más da” se dijo a si misma, las cartas nada valían ahora, eran meros papeles entintados que solo servían para lastimarla y recordarle los pecados cometidos en aquellos tiempos.
Vivir con aquel secreto, no. Era cargar con un muerto sobre los hombros, pero lo que ella realmente anhelaba era enterrarlo en lo más profundo del jardín, no cualquier jardín, sino el jardín donde se hamacaba de pequeña y jugaba a las escondidas. Mancharlo no podía, ya estaba más sucio que su corazón, y sería el lugar apropiado donde depositar culpas y olvidar penas. Si, sería el lugar perfecto.
Ya su cuerpo delgado no resistiría por mucho tiempo más, y no quería que nadie jamás volviera a saber de la existencia de tan temible monstruo. Con penosa dificultad se arrimó un poco más a la chimenea, y soltando conjuntamente un suspiro, arrojó el papel restante al fuego.
Fascinación.
Se quedó allí, viendo como se consumía lentamente. El papel se retorcía en aparente agonía mientras las llamas bailaban a su alrededor, era un espectáculo hermoso, casi hipnótico. Ofelia casi podía sentir el dolor de aquellas palabras calcinándose, convirtiéndose en cenizas, el paso al pasado era largo pero prometía ser increíblemente gratificante. ¡Por fin, ahora si podría volver a sentir!
Llorando lágrimas de cocodrilo intentó recobrar aquello que perdió tiempo atrás, pero no lo vio llegar. Ni rastros concebidos de que su alma mostrara algún signo de luz, o incluso oscuridad. Nada. A diferencia de como ella pensó que tomaría la desaparición completa de evidencia, no sintió nada. Su última esperanza consumida, y Ofelia no sintió nada, ni dolor, ni pena, ni alegría, nada.
Secó las gotas insulsas, que parecían recorrer desiertos de sal, y con un último esfuerzo volvió a acomodarse a un costado de la chimenea de su habitación, poniéndose al calor del fuego, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres.
Ya su edad le decía que el no haber conseguido pretendiente hasta ese momento, la condenaría a una vida solitaria, aún así prefería la soltería. El amor había dejado huellas en su pasado, Ofelia fue una de las pocas personas que pudo disfrutar realmente de lo que se dice Amor, y no se arrepentía. El problema no era lo que fue, sino lo que ya no sería.
Su pálida tez, sus ojos vacíos, y esa boca que ya no volvería a ser sonrisa, era un cuadro triste pintado por el más déspota pintor, como queriendo odiarlo. Nada, nada quedaba ya. Los últimos intentos de reconciliación con lo que restaba de su familia, habían fallado rotundamente, y su padre… su padre mantenía su mirada de decepción.
Tras años de curar heridas propias, tras años de injusticias, de conspiraciones y de basura debajo de la alfombra, Ofelia poco a poco se fue acostumbrando a no sentir. Ya no sentía, ya no vivía, los días pasaban como el agua por su cauce, sin recuerdos ni transiciones. Eso ya no valía la pena. Miraba el cuarto, totalmente vacío de emoción, parecía como si nunca nadie hubiese vivido ahí, y a la luz de los leños quemándose solo quedaba como fotografía antigua. “Qué más da” se dijo a si misma, las cartas nada valían ahora, eran meros papeles entintados que solo servían para lastimarla y recordarle los pecados cometidos en aquellos tiempos.
Vivir con aquel secreto, no. Era cargar con un muerto sobre los hombros, pero lo que ella realmente anhelaba era enterrarlo en lo más profundo del jardín, no cualquier jardín, sino el jardín donde se hamacaba de pequeña y jugaba a las escondidas. Mancharlo no podía, ya estaba más sucio que su corazón, y sería el lugar apropiado donde depositar culpas y olvidar penas. Si, sería el lugar perfecto.
Ya su cuerpo delgado no resistiría por mucho tiempo más, y no quería que nadie jamás volviera a saber de la existencia de tan temible monstruo. Con penosa dificultad se arrimó un poco más a la chimenea, y soltando conjuntamente un suspiro, arrojó el papel restante al fuego.
Fascinación.
Se quedó allí, viendo como se consumía lentamente. El papel se retorcía en aparente agonía mientras las llamas bailaban a su alrededor, era un espectáculo hermoso, casi hipnótico. Ofelia casi podía sentir el dolor de aquellas palabras calcinándose, convirtiéndose en cenizas, el paso al pasado era largo pero prometía ser increíblemente gratificante. ¡Por fin, ahora si podría volver a sentir!
Llorando lágrimas de cocodrilo intentó recobrar aquello que perdió tiempo atrás, pero no lo vio llegar. Ni rastros concebidos de que su alma mostrara algún signo de luz, o incluso oscuridad. Nada. A diferencia de como ella pensó que tomaría la desaparición completa de evidencia, no sintió nada. Su última esperanza consumida, y Ofelia no sintió nada, ni dolor, ni pena, ni alegría, nada.
Secó las gotas insulsas, que parecían recorrer desiertos de sal, y con un último esfuerzo volvió a acomodarse a un costado de la chimenea de su habitación, poniéndose al calor del fuego, cubierta con una mañanita que ella misma había confeccionado en sus horas libres.
lunes, octubre 16, 2006
Libre Albedrío
- ¿Hacés lo que querés? – me preguntó.
- No. – contesté, e instantáneamente miré el pasto y comencé a arrancarlo de a poquito con los dedos.
Vivo en una casa grande, con mi familia. Tengo una habitación con una cama de dos plazas, una computadora con Internet, un sillón de oficina de cuero, y un a lámpara de lava. Tengo un celular con pantalla a color, una cámara de fotos digital, tengo algo de ropa de marca y los fines de semana nunca falta dinero para salir. Voy a bailar, voy a bares, voy al cine cuando quiero, y estoy aprendiendo a manejar. Y en cuanto a mi futuro, hago el ingreso para la carrera que quiero seguir, la carrera que me gusta y de la que quiero vivir y mantenerme cuando sea grande. Pero no, no hago lo que quiero.
Lo que yo quiero es rebalsar vida por mis poros. Quiero oler una flor de ciruelo de un árbol en Japón. Quiero conocer un niño de Etiopía que le guste buscar formas de animales en las nubes. Quiero concentrarme hasta descubrir porque la gente no puede cantar sin usar las cuerdas vocales. Quiero sentarme en la cima de una montaña y discutir con ella sobre la existencia o no de un Destino. Quiero levantarme de la cama y estar rodeada de pájaros de colores que me acompañen a hacer las compras. Quiero pintar la soledad. Quiero prescindir de la televisión. Quiero ser dueña de un diario de venta masiva y poner en la portada la increíble historia de un nene que encontró una nuez con forma de Europa. Quiero sentir que cada día estoy en el lugar en el que debo estar, y quiero que ese lugar sea en todas partes.
Hay miles de cosas que quiero hacer, que quiero experimentar y sentir, hay tanto mundo, tanto por conocer que no me alcanzaría la vida para hacerlo todo. Pero no es el tiempo mi enemigo, sino mi contexto.
Me gustaría trabajar uniendo personas, que mi trabajo consista en juntar a aquellas personas que fueron destinadas a conocerse, pero que por razones externas a ellas no pueden hacerlo. Cerca de mi casa hay una tienda de libros usados, la cual la atiende un hombre de unos 35 años. Es el hombre más solitario que haya visto, con un gato gordo durmiendo en la vidriera, y dos peceras que mantiene de forma extremadamente meticulosa. Es una persona que no tiene rastros de vida social, pero por su forma de actuar, se puede ver a simple vista que posee un corazón noble, o por lo menos bondadoso. A escasos metros de mi casa hay un edificio, en el que vive una mujer de unos 35 años. Nunca la vi acompañada, y siempre que sale a la calle se viste con ropa que no es de todos los días, sino ropa con la que se iría a una fiesta poco formal. Se arregla hasta para ir a la verdulería, esperando encontrar, supongo yo, al amor de su vida en ese corto trayecto, porque una nunca sabe cuándo o dónde puede aparecer la persona que esperábamos, por eso hay que estar siempre lista. Pero nunca, en los 14 años que llevo viviendo en este barrio, la vi sonreír, ni a ella ni al vendedor de libros, y eso es porque las personas que están solas no tienen para quién sonreír.
A veces me frustra, los veo y sé que si se conocieran podrían acabar con el mismo mal que los acomete a ambos, sé que acabarían sus días grises para pasar a los días de canciones y desayunos de a dos. Están a menos de 200 metros uno del otro, y siguen en sus mundos solitarios.
Así que ése sería mi trabajo, entrar a los archivos del Universo y dar un pequeño empujoncito a esas personas que no pueden encontrar a aquel o aquella que buscan. Podría juntar al pintor de Grecia, con la modelo colombiana con la cual estaba predestinado a pintar el retrato que lo sacará de su miseria. Alcanzaría a la nena de la plaza de acá cerca con el payaso Firulete, que es el único que entiende y sabe como hacer a su amigo imaginario con un globo. O a ese hombre de 48 años con su padre que vive sus últimos días en Jujuy, pero que a pesar de haberlo anhelado siempre no sabe de su existencia.
Lamentablemente ése no es un trabajo rentable, y el Estado no creería nunca necesaria una Reunidora de Personas. Así que una se conforma con estudiar para algún trabajito que le guste, dentro de la escasa variedad de éstos, que no sea muy agobiante, que abarque una o dos áreas de interés, uno que traiga el pan a la mesa y haga que papá y mamá se sientan orgullosos. Y estudiamos, y promocionamos, y si nos va muy bien quizás nos recibamos un tiempito antes de lo previsto, haciendo que por éste pequeño logro no nos sintamos tan miserables por haber cambiado nuestro sueño de la infancia de enseñarles bailar tango a las mariposas, por el mediocre futuro de abogada, médica o contadora pública.
- No, no hago lo que quiero. – Y volví a desviar la mirada en el chico que jugaba con una botellita en la plaza.
- No. – contesté, e instantáneamente miré el pasto y comencé a arrancarlo de a poquito con los dedos.
Vivo en una casa grande, con mi familia. Tengo una habitación con una cama de dos plazas, una computadora con Internet, un sillón de oficina de cuero, y un a lámpara de lava. Tengo un celular con pantalla a color, una cámara de fotos digital, tengo algo de ropa de marca y los fines de semana nunca falta dinero para salir. Voy a bailar, voy a bares, voy al cine cuando quiero, y estoy aprendiendo a manejar. Y en cuanto a mi futuro, hago el ingreso para la carrera que quiero seguir, la carrera que me gusta y de la que quiero vivir y mantenerme cuando sea grande. Pero no, no hago lo que quiero.
Lo que yo quiero es rebalsar vida por mis poros. Quiero oler una flor de ciruelo de un árbol en Japón. Quiero conocer un niño de Etiopía que le guste buscar formas de animales en las nubes. Quiero concentrarme hasta descubrir porque la gente no puede cantar sin usar las cuerdas vocales. Quiero sentarme en la cima de una montaña y discutir con ella sobre la existencia o no de un Destino. Quiero levantarme de la cama y estar rodeada de pájaros de colores que me acompañen a hacer las compras. Quiero pintar la soledad. Quiero prescindir de la televisión. Quiero ser dueña de un diario de venta masiva y poner en la portada la increíble historia de un nene que encontró una nuez con forma de Europa. Quiero sentir que cada día estoy en el lugar en el que debo estar, y quiero que ese lugar sea en todas partes.
Hay miles de cosas que quiero hacer, que quiero experimentar y sentir, hay tanto mundo, tanto por conocer que no me alcanzaría la vida para hacerlo todo. Pero no es el tiempo mi enemigo, sino mi contexto.
Me gustaría trabajar uniendo personas, que mi trabajo consista en juntar a aquellas personas que fueron destinadas a conocerse, pero que por razones externas a ellas no pueden hacerlo. Cerca de mi casa hay una tienda de libros usados, la cual la atiende un hombre de unos 35 años. Es el hombre más solitario que haya visto, con un gato gordo durmiendo en la vidriera, y dos peceras que mantiene de forma extremadamente meticulosa. Es una persona que no tiene rastros de vida social, pero por su forma de actuar, se puede ver a simple vista que posee un corazón noble, o por lo menos bondadoso. A escasos metros de mi casa hay un edificio, en el que vive una mujer de unos 35 años. Nunca la vi acompañada, y siempre que sale a la calle se viste con ropa que no es de todos los días, sino ropa con la que se iría a una fiesta poco formal. Se arregla hasta para ir a la verdulería, esperando encontrar, supongo yo, al amor de su vida en ese corto trayecto, porque una nunca sabe cuándo o dónde puede aparecer la persona que esperábamos, por eso hay que estar siempre lista. Pero nunca, en los 14 años que llevo viviendo en este barrio, la vi sonreír, ni a ella ni al vendedor de libros, y eso es porque las personas que están solas no tienen para quién sonreír.
A veces me frustra, los veo y sé que si se conocieran podrían acabar con el mismo mal que los acomete a ambos, sé que acabarían sus días grises para pasar a los días de canciones y desayunos de a dos. Están a menos de 200 metros uno del otro, y siguen en sus mundos solitarios.
Así que ése sería mi trabajo, entrar a los archivos del Universo y dar un pequeño empujoncito a esas personas que no pueden encontrar a aquel o aquella que buscan. Podría juntar al pintor de Grecia, con la modelo colombiana con la cual estaba predestinado a pintar el retrato que lo sacará de su miseria. Alcanzaría a la nena de la plaza de acá cerca con el payaso Firulete, que es el único que entiende y sabe como hacer a su amigo imaginario con un globo. O a ese hombre de 48 años con su padre que vive sus últimos días en Jujuy, pero que a pesar de haberlo anhelado siempre no sabe de su existencia.
Lamentablemente ése no es un trabajo rentable, y el Estado no creería nunca necesaria una Reunidora de Personas. Así que una se conforma con estudiar para algún trabajito que le guste, dentro de la escasa variedad de éstos, que no sea muy agobiante, que abarque una o dos áreas de interés, uno que traiga el pan a la mesa y haga que papá y mamá se sientan orgullosos. Y estudiamos, y promocionamos, y si nos va muy bien quizás nos recibamos un tiempito antes de lo previsto, haciendo que por éste pequeño logro no nos sintamos tan miserables por haber cambiado nuestro sueño de la infancia de enseñarles bailar tango a las mariposas, por el mediocre futuro de abogada, médica o contadora pública.
- No, no hago lo que quiero. – Y volví a desviar la mirada en el chico que jugaba con una botellita en la plaza.
martes, septiembre 05, 2006
Ojos carmesí
La habitación estaba oscura, nuca había estado tan oscura como en aquel momento en que me paré en medio de ella, dejando que la luz de la Luna que entraba por los amplios ventanales iluminara mis pies descalzos. El olor a vacío llenaba mis pulmones, los cuales parecían como si no se hubieran usado en mucho tiempo. Siempre pensé que ese departamento en el último piso de la torre era demasiado grande para una sola persona, pero no pareció importarme cuando lo compré. Sí cuando sentí su soledad.
Una leve brisa, proveniente un gran ventanal semiabierto, que llegaba al piso, corría y se deslizaba por mis ligeras ropas. Me acerqué lentamente hacia la pequeña mesa que se encontraba en medio de la sala de estar, y con las manos ligeramente temblorosas tomé el arma; cuan pesada se sentía… una única bala yacía sobre la misma mesa, y con la misma lentitud de un conejo que sabe que se dirige a la boca del lobo, la tomé con mis dedos y la coloqué dentro de la pistola. La duda arremetió contra mí, y por un instante pensé que tal vez habría otra salida, una escapatoria no tan drástica a mi soledad. Pero luego de unos momentos de dubitación me di cuenta que por más que lo pensara, y por más que lo soñara, mi vida siempre estaría condenada al aislamiento. El cariño y amor de las personas brillaba por su ausencia, estaban para mí, tan lejos como el horizonte. La condena de vivir en un desierto mataba poco a poco, ¿cuál era entonces el problema de terminar con el sufrimiento? Una vez más me sorprendí respondiéndome que no había ninguno. Con el pesado artefacto en mis manos, lentamente fui elevando el brazo hasta que sentí el frío acero rozarme el pecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Siempre me pregunté a dónde iría si me quitaba la vida, si sería el cielo o el infierno. Pasé mis días procurando ser un miembro productivo de la sociedad, sin resaltar demasiado, manteniéndome al margen de los problemas, intentando ser feliz, pero la vida nunca pareció corresponderme. Cerré fuertemente los ojos y con el temblor aún en las manos presioné el gatillo. Silencio.
Por incontables segundos pareció como si el mundo entero hubiera callado para verme morir. Luego un estruendo me aturdió de increíble forma los oídos y después de eso una sucesión de sonidos recorrió la habitación. Primero el del metal golpeando el suelo de madera, como un gran pedazo de plomo y el roce del desliz del arma sobre el suelo. A eso le siguió el ruido de mi cuerpo golpeando la misma superficie que el instrumento que había organizado todo aquel escándalo. Finalmente, de manera muy sutil y casi imperceptible, la sangre brotando a borbotones de la herida. Podía sentirla fluir con fuerza fuera de mi pecho, como si intentara escapar de aquella cárcel en la cual tantos años había estado encerrada. Sentí su calor deslizarse sobre mi abdomen hasta suavemente envolver con sus encantos mis helados dedos. Así fue como pude comprobar que aún estaba con vida. La gente dice que en esa clase de sucesos uno ve la vida correr por sus ojos en un segundo, pues conmigo no fue así. Yo no vi mi vida, ni parte de ella, talvez será porque no tenía nada para recordar de una vida tan falta de emociones.
Intenté sin éxito respirar profundamente, pero me encontré sin las fuerzas suficientes para hacerlo, simplemente un ligero suspiro, que triste y lastimoso, escapó de mis labios. Miré el techo, liso, monótono, sin imperfecciones. Un gran cansancio embistió mi persona de golpe, mientras la sangre continuaba bañándome. De pronto, por el rabillo del ojo logré percibir una sombra un tanto extraña en la pared. Lentamente y con dificultad giré mi cabeza hacia el ventanal, de donde aparentemente provenía el origen de dicha sombra y todo pequeño movimiento que hacia mi cuerpo al retorcerse se detuvo, si se podía más de lo que ya estaba, por lo que mis ojos contemplaron: del otro lado del ventanal parcialmente abierto, parada en el balcón, había una figura humana, erguida e inmóvil. No pude dar crédito a lo que veía, sin entender como una persona había logrado llegar allí, si estábamos a veintidós pisos del suelo, y no había otra forma de acceso que no sea por la sala en donde yo estaba desde hacía más de tres horas. Esa figura comenzó a acercarse hacia mi, adentró un pie en la sala, y luego el otro para estar completamente dentro de ella. Caminó unos pasos hasta que estuvo a poco más de cuatro metros de donde yacía yo, y un sentimiento de fascinación nació en mí. Fascinación por lo que veía. En completa desnudez y bañándose en la luz de la Luna que le hacía brillar más que las mismas estrellas, se presentaba el ser más hermoso que jamás había visto. De cabellos plateados como el mismo astro que le alumbraba, éstos se movían armónicamente al compás del viento que soplaba por el departamento. Una piel lisa, sin imperfecciones y tan blanca como la espuma del mar quedaba completamente descubierta para deleite de mis ojos. Tenía un contorno suavemente marcado, liso y delicado. Y ese rostro, ese rostro tan hermoso, perfecto… una nariz pequeña sobre unos finos labios que no mostraban emoción. Pero lo que más me hipnotizó fueros sus ojos. Eran unos ojos grandes, de suaves contornos y un color que impactaba, rojo. Eran tan rojos y brillantes como un par de rubíes, tan rojos y profundos como la sangre que no dejaba de fluir fuera de mi cuerpo, y no pude evitar perderme en esa mirada, aunque al poco tiempo algo llamó mi atención. Detrás de ésta figura había algo más, algo que al verlo no pude creer. Envolviendo lentamente su cuerpo, con un roce sutil y delicado sobre su piel, un par de grandes y blancas alas salían de su espalda. Eran de una forma similar a la de las aves, pero no eran igual. Éstas eran gráciles y más blancas aún que su propia piel. Casi podía oír como éstas acariciaban a la hermosa criatura. Un ángel, pensé…
Estaba fuera de mí, la emoción y el placer de dicha situación no me permitieron notar que la figura comenzó a acercarse lentamente, hasta estar a menos de un paso de mi cuerpo. Se agachó a mi lado y me observó con la cabeza ligeramente inclinada a un lado y una expresión de duda. Me recordaba a un niño que mira un objeto sin comprender exactamente lo que es. Y luego de unos segundos bajo esa mirada extraña, sus labios se curvaron en una leve sonrisa. Algo cálido recorrió mi cuerpo por dentro al observar el bello cuadro que formaban esos labios junto con los ojos que también emanaban una tranquilidad asombrosa.
- Tienes una mirada hermosa. – dije mirándole fijamente. Cerró sus ojos, intensificando más su sonrisa.
- Lo sé.
- ¿Eres la muerte? – pregunta que debería haber hecho con temor, pero salió llena de confianza de mi boca.
- ¿Acaso lo parezco? – dijo con una mirada sorprendida.
- No, pareces un ángel.
Volvió a sonreír, y lentamente acercó su mano a mi mejilla. Y a pesar de que no me tocó, pude sentir el calor proveniente de la misma. En ese instante fui yo quien sonrió.
- ¿Quién eres? – le pregunté. Al instante comenzó a erguirse nuevamente ante mí, observándome desde arriba sin perder contacto visual.
- Levántate. – me dijo. Y como si sus palabras fueran órdenes, ayudándome con mi brazo me levanté del piso y me paré hasta estar a su misma altura. Éramos de igual tamaño. – Soy quien viene a llevarte de este mundo.
Su sonrisa había desaparecido y me miraba de forma seria y adulta. Comenzó a caminar mansamente por la habitación, dejando para deleite de mis ojos observar en su totalidad la delicia de los gráciles movimientos de su cuerpo desnudo, y sus alas, ahora plegadas en su espalda, moviéndose ligeramente con cada paso. Se paró en seco y con un rápido, pero elegante giro, volvió a quedar frente a mí. Miré hacia abajo y sin darme cuenta dejé escapar una lágrima que solitaria recorrió mi mejilla.
- ¿Por qué lloras? – me preguntó de forma aparentemente desinteresada.
- Porque me he dado cuenta que en verdad voy a morir.
- ¿Y por qué te preocupa eso si tú ya habías muerto? – Sin llegar a comprender sus palabras le miré y mis ojos expresaron claramente que no entendía a que se refería. – Has muerto desde el momento en que dejaste de tener interés por la vida, desde que aceptaste que tu existencia no era más que una carga para ti y el resto de las personas. Tú ya habías muerto desde que dejaste de sentir amor y atracción por el mundo que te rodeaba, y si fue así, hace ya tanto tiempo, ¿por qué entonces temes ahora, si lo único que ha cambiado es el hecho de que ya no necesitarás de tu cuerpo para continuar? – dejé de llorar al instante.
- ¿Entonces dices que a pesar de no seguir poseyendo mi cuerpo, seguiré viviendo?
- No, la vida es la unión entre el alma y el cuerpo, y tú ya no precisarás de tu cuerpo, por lo tanto ya no seguirás con vida. – Sus palabras no hacían más que confundirme. – Ahora tendrás libertad incondicionada.
- ¿Es que acaso no la tenía ya? – Cerró sus ojos e inclinando ligeramente la cabeza hacia abajo negó con un suave movimiento.
- El cuerpo es un represor, y sus limitadas funciones impiden la perfecta expresión de lo que se siente. Nunca podrás sentir, ni apreciar con libertad mientras tengas un impedimento que te limite a sus funciones, y no a las de tu alma. Ese impedimento es el cuerpo.
Sus ojos se desviaron a mi herida en el pecho. Entonces me di cuenta de que aún seguía chorreando sangre, el tener a tan fascinante individuo ante mí, me había hecho olvidar completamente de mi condición. Miré mis manos, seguían bañadas en aquel líquido vital, dándoles un tono escarlata. Volví a elevar la mirada hasta encontrar la suya y decidí sacarme la duda que me atormentaba momentos antes.
- ¿A dónde iré? ¿Será el cielo o el infierno?
- ¿Qué te hace suponer que ellos existen? – Su pregunta me dejó sin saber que responder.
- Todos saben que hay un cielo y un infierno, al cielo van las personas buenas y al infierno las malas. ¿A cuál iré yo?
- ¿Y acaso alguien ha vuelto de la muerte para comprobar tu teoría?
- No.
- ¿Entonces en que te basas para decir que existe un cielo y un infierno?
- ¿Entonces no los hay?
- No niego su existencia, pero tampoco la afirmo. – La confusión en mí crecía con cada palabra que decía. – De todos modos no puedo decirte lo que te espera, eso lo comprobarás tú cuando llegue el momento. A todos les espera algo, pero difiere según la persona. – Cerró los ojos nuevamente, y por alguna razón me disgustó que lo hiciera, quería que esos ojos se mantuvieran abiertos, para así poder apreciarlos por completo. Pasó su mano sobre sus cabellos, agitándolos un poco como queriendo desordenarlos, pero estos volvieron a caer en perfecta posición, tal cual estaban antes. – Yo no sé más que tú, solo sé lo que tú sabes.
- ¿Cómo es eso? – Pregunté, apenas prestando atención en lo que salía de mi boca por perderme nuevamente en esos ojos que habían vuelto a abrirse y ahora me dedicaban una profunda mirada.
- Yo sólo soy un reflejo de tu persona, por lo tanto sólo sé lo que tú ya sabes, y las respuestas que doy a tus preguntas tú ya las conoces. Este cuerpo, ésta imagen que tengo la has elegido tú, muestra no lo que tienes en tu interior, sino lo que deseas ver en el mismo.
Comencé a pensar que esa respuesta no estaba muy alejada de la verdad, puesto que a quien le hablaba era la mera personificación de la belleza, y si yo anhelaba algo en relación a lo que sentía en mí, era pues la perfecta hermosura de mi persona, algo que se alejaba de la realidad.
- Pero si tú no sabes más que yo, entonces ¿cuál es tu misión aquí? ¿Por qué has venido?
- Ante tu primera pregunta, puedo responder que mi deber es hacerte entender el porque debes irte, algo que tú ya bien sabes, solo que no te has dado cuenta de ello todavía. Y en cuanto a por qué he venido, lo he hecho sólo porque tú así lo has deseado, por pura voluntad. – En ese momento pensé que había errado, puesto que yo nunca pensé en ayuda para la transición hacia el otro lado, ni siquiera sabía de la existencia de éste ser, pero como si hubiera leído mis pensamientos, se adelantó a que yo preguntara. – Mírate. Aún sigues de pie, ¿sabes por qué? – Negué tímidamente con la cabeza. – Si es así, ¿por qué te has disparado en el pecho en lugar de escoger la cabeza, sabiendo que de hacerlo así tendrías una muerte rápida, instantánea, a diferencia de la lenta y pausada que estás teniendo ahora? Si no hubieras deseado ayuda, hubieras dirigido la bala a tu sien, en cambio elegiste esta forma porque así sabrías que yo aparecería para terminar de convencerte de lo que ya no tiene vuelta atrás.
- Te equivocas, porque de ser así, yo debería haber tenido previos conocimientos de tu existencia, y no fue así. La primera vez que te vi fue hace unos momentos atrás, cuando entraste por mi ventanal.
El ángel comenzó a caminar, hasta posicionarse justo detrás de mí. Acercó su rostro hasta la unión de mi cuello con mi hombro de tal forma que pude sentir su respiración, lenta y cálida, sobre mi piel, qué se tensó ante esta sensación. Luego, de forma pausada y lenta, en un tono que llegaba hasta el centro de mis huesos, endulzó mis oídos con su suave voz nuevamente.
- Es verdad que esa fue la primera vez que me viste, pero tú ya sabías de mi, lo sabías desde tiempos remotos, desde antes de nacer. – Con cada palabra se acercaba más a mi piel, tanto que podía sentir el fervor de sus labios sobre ésta, sin que siquiera me tocaran, haciéndome estremecer de la forma más intensa. – Yo siempre estuve a tu lado, desde comienzos de tu existencia. E inconscientemente ya me conocías, porque estaba dentro tuyo, porque en cierto sentido tú me creaste, tú me diste vida.
Levantó lentamente sus manos al costado de mi cuerpo, como si quisiera tomarme por los brazos, pero cuando sólo faltaban escasos centímetros para poder sentir aquellos dedos sobre mí, éstos volvieron a su antiguo lugar, al mismo tiempo que la hermosa criatura se alejaba a lentos pasos, haciendo que una sensación de desilusión se apoderara de mi interior, desilusión por no haber sentido su esencia sobre mí. Volvió a rodearme hasta quedar cara a cara conmigo, a muy corta distancia. Ahora en su rostro había una oposición de expresiones. Mientras que sus ojos me dirigían una mirada seria e intensa, en sus labios se dibujaba una leve sonrisa. Para mi sorpresa, me encontré acercándome lentamente a esos labios, tratando de alcanzarlos con los míos y entrecerrando levemente los ojos, pero sin dejar de fijarlos en su boca. La anhelaba. Pero cuando ya sentía su aliento humedecer mi piel, se alejó de forma rápida, dirigiéndome una sonrisa un tanto sagaz. Nuevamente me atrapó el carmesí de sus ojos, y sentí que me perdía en ellos.
- ¿Por qué? ¿Por qué son rojos?
- Eso tú bien lo sabes.
- Sí, pero quiero oírlo de ti.
- Son rojos porque roja es la sangre, rojo es el color de aquello que te da vida y que tanto te cuesta asimilar como tu fuente de la misma. Roja es la sangre que en tu niñez rehuías por miedo, miedo a ese líquido que en pequeñas gotas salía de tu herida en el dedo. Roja es la sangre que ahora brota de tu herida, quitándote aquello que no supiste valorar como se debía, bañando en su tibio calor tu cuerpo que ahora comienza a enfriarse. Roja es la sangre que tanto odiaste por mantenerte en este mundo, y que ahora temes perder, porque temes a lo desconocido.
Sus ojos brillaron con intensidad, tanto que los pude sentir introducirse en mi corazón y llegar al fondo de mi alma. Y sus palabras no eran erradas, el miedo que me invadía en aquel momento era inmenso. Se alejó unos pasos, para poder mirarme completamente.
- Siempre te acompañé con estos ojos que tú elegiste por cuenta propia. – dijo sin dejar de sonreír, ahora de forma comprensiva y tranquila. – A pesar de lo que pensabas, nunca sufriste lo que es la soledad, porque yo he estado contigo en cada momento. Sin darte cuenta, me tuviste a tu lado continuamente.
- ¿Me acompañarás ahora?
- Si, como siempre lo he hecho y como siempre haré, hasta el fin de la eternidad.
Extendió su mano hacia mí, y en ese momento sentí que la tranquilidad me invadía en cada célula, entendí por fin que todo este tiempo había errado, ya que era imposible que sintiera soledad, porque siempre había tenido la compañía de mi propio ser, y mientras yo me tuviera, mi vida nunca podría haber sido un desierto, porque siempre habría un apersona para acompañarme, y esa persona era yo.
Y con una sonrisa en mis labios, luego de haber comprendido lo que ya sabía, extendí mi brazo, para delicadamente tomar su mano y fundirme conmigo.
Una leve brisa, proveniente un gran ventanal semiabierto, que llegaba al piso, corría y se deslizaba por mis ligeras ropas. Me acerqué lentamente hacia la pequeña mesa que se encontraba en medio de la sala de estar, y con las manos ligeramente temblorosas tomé el arma; cuan pesada se sentía… una única bala yacía sobre la misma mesa, y con la misma lentitud de un conejo que sabe que se dirige a la boca del lobo, la tomé con mis dedos y la coloqué dentro de la pistola. La duda arremetió contra mí, y por un instante pensé que tal vez habría otra salida, una escapatoria no tan drástica a mi soledad. Pero luego de unos momentos de dubitación me di cuenta que por más que lo pensara, y por más que lo soñara, mi vida siempre estaría condenada al aislamiento. El cariño y amor de las personas brillaba por su ausencia, estaban para mí, tan lejos como el horizonte. La condena de vivir en un desierto mataba poco a poco, ¿cuál era entonces el problema de terminar con el sufrimiento? Una vez más me sorprendí respondiéndome que no había ninguno. Con el pesado artefacto en mis manos, lentamente fui elevando el brazo hasta que sentí el frío acero rozarme el pecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Siempre me pregunté a dónde iría si me quitaba la vida, si sería el cielo o el infierno. Pasé mis días procurando ser un miembro productivo de la sociedad, sin resaltar demasiado, manteniéndome al margen de los problemas, intentando ser feliz, pero la vida nunca pareció corresponderme. Cerré fuertemente los ojos y con el temblor aún en las manos presioné el gatillo. Silencio.
Por incontables segundos pareció como si el mundo entero hubiera callado para verme morir. Luego un estruendo me aturdió de increíble forma los oídos y después de eso una sucesión de sonidos recorrió la habitación. Primero el del metal golpeando el suelo de madera, como un gran pedazo de plomo y el roce del desliz del arma sobre el suelo. A eso le siguió el ruido de mi cuerpo golpeando la misma superficie que el instrumento que había organizado todo aquel escándalo. Finalmente, de manera muy sutil y casi imperceptible, la sangre brotando a borbotones de la herida. Podía sentirla fluir con fuerza fuera de mi pecho, como si intentara escapar de aquella cárcel en la cual tantos años había estado encerrada. Sentí su calor deslizarse sobre mi abdomen hasta suavemente envolver con sus encantos mis helados dedos. Así fue como pude comprobar que aún estaba con vida. La gente dice que en esa clase de sucesos uno ve la vida correr por sus ojos en un segundo, pues conmigo no fue así. Yo no vi mi vida, ni parte de ella, talvez será porque no tenía nada para recordar de una vida tan falta de emociones.
Intenté sin éxito respirar profundamente, pero me encontré sin las fuerzas suficientes para hacerlo, simplemente un ligero suspiro, que triste y lastimoso, escapó de mis labios. Miré el techo, liso, monótono, sin imperfecciones. Un gran cansancio embistió mi persona de golpe, mientras la sangre continuaba bañándome. De pronto, por el rabillo del ojo logré percibir una sombra un tanto extraña en la pared. Lentamente y con dificultad giré mi cabeza hacia el ventanal, de donde aparentemente provenía el origen de dicha sombra y todo pequeño movimiento que hacia mi cuerpo al retorcerse se detuvo, si se podía más de lo que ya estaba, por lo que mis ojos contemplaron: del otro lado del ventanal parcialmente abierto, parada en el balcón, había una figura humana, erguida e inmóvil. No pude dar crédito a lo que veía, sin entender como una persona había logrado llegar allí, si estábamos a veintidós pisos del suelo, y no había otra forma de acceso que no sea por la sala en donde yo estaba desde hacía más de tres horas. Esa figura comenzó a acercarse hacia mi, adentró un pie en la sala, y luego el otro para estar completamente dentro de ella. Caminó unos pasos hasta que estuvo a poco más de cuatro metros de donde yacía yo, y un sentimiento de fascinación nació en mí. Fascinación por lo que veía. En completa desnudez y bañándose en la luz de la Luna que le hacía brillar más que las mismas estrellas, se presentaba el ser más hermoso que jamás había visto. De cabellos plateados como el mismo astro que le alumbraba, éstos se movían armónicamente al compás del viento que soplaba por el departamento. Una piel lisa, sin imperfecciones y tan blanca como la espuma del mar quedaba completamente descubierta para deleite de mis ojos. Tenía un contorno suavemente marcado, liso y delicado. Y ese rostro, ese rostro tan hermoso, perfecto… una nariz pequeña sobre unos finos labios que no mostraban emoción. Pero lo que más me hipnotizó fueros sus ojos. Eran unos ojos grandes, de suaves contornos y un color que impactaba, rojo. Eran tan rojos y brillantes como un par de rubíes, tan rojos y profundos como la sangre que no dejaba de fluir fuera de mi cuerpo, y no pude evitar perderme en esa mirada, aunque al poco tiempo algo llamó mi atención. Detrás de ésta figura había algo más, algo que al verlo no pude creer. Envolviendo lentamente su cuerpo, con un roce sutil y delicado sobre su piel, un par de grandes y blancas alas salían de su espalda. Eran de una forma similar a la de las aves, pero no eran igual. Éstas eran gráciles y más blancas aún que su propia piel. Casi podía oír como éstas acariciaban a la hermosa criatura. Un ángel, pensé…
Estaba fuera de mí, la emoción y el placer de dicha situación no me permitieron notar que la figura comenzó a acercarse lentamente, hasta estar a menos de un paso de mi cuerpo. Se agachó a mi lado y me observó con la cabeza ligeramente inclinada a un lado y una expresión de duda. Me recordaba a un niño que mira un objeto sin comprender exactamente lo que es. Y luego de unos segundos bajo esa mirada extraña, sus labios se curvaron en una leve sonrisa. Algo cálido recorrió mi cuerpo por dentro al observar el bello cuadro que formaban esos labios junto con los ojos que también emanaban una tranquilidad asombrosa.
- Tienes una mirada hermosa. – dije mirándole fijamente. Cerró sus ojos, intensificando más su sonrisa.
- Lo sé.
- ¿Eres la muerte? – pregunta que debería haber hecho con temor, pero salió llena de confianza de mi boca.
- ¿Acaso lo parezco? – dijo con una mirada sorprendida.
- No, pareces un ángel.
Volvió a sonreír, y lentamente acercó su mano a mi mejilla. Y a pesar de que no me tocó, pude sentir el calor proveniente de la misma. En ese instante fui yo quien sonrió.
- ¿Quién eres? – le pregunté. Al instante comenzó a erguirse nuevamente ante mí, observándome desde arriba sin perder contacto visual.
- Levántate. – me dijo. Y como si sus palabras fueran órdenes, ayudándome con mi brazo me levanté del piso y me paré hasta estar a su misma altura. Éramos de igual tamaño. – Soy quien viene a llevarte de este mundo.
Su sonrisa había desaparecido y me miraba de forma seria y adulta. Comenzó a caminar mansamente por la habitación, dejando para deleite de mis ojos observar en su totalidad la delicia de los gráciles movimientos de su cuerpo desnudo, y sus alas, ahora plegadas en su espalda, moviéndose ligeramente con cada paso. Se paró en seco y con un rápido, pero elegante giro, volvió a quedar frente a mí. Miré hacia abajo y sin darme cuenta dejé escapar una lágrima que solitaria recorrió mi mejilla.
- ¿Por qué lloras? – me preguntó de forma aparentemente desinteresada.
- Porque me he dado cuenta que en verdad voy a morir.
- ¿Y por qué te preocupa eso si tú ya habías muerto? – Sin llegar a comprender sus palabras le miré y mis ojos expresaron claramente que no entendía a que se refería. – Has muerto desde el momento en que dejaste de tener interés por la vida, desde que aceptaste que tu existencia no era más que una carga para ti y el resto de las personas. Tú ya habías muerto desde que dejaste de sentir amor y atracción por el mundo que te rodeaba, y si fue así, hace ya tanto tiempo, ¿por qué entonces temes ahora, si lo único que ha cambiado es el hecho de que ya no necesitarás de tu cuerpo para continuar? – dejé de llorar al instante.
- ¿Entonces dices que a pesar de no seguir poseyendo mi cuerpo, seguiré viviendo?
- No, la vida es la unión entre el alma y el cuerpo, y tú ya no precisarás de tu cuerpo, por lo tanto ya no seguirás con vida. – Sus palabras no hacían más que confundirme. – Ahora tendrás libertad incondicionada.
- ¿Es que acaso no la tenía ya? – Cerró sus ojos e inclinando ligeramente la cabeza hacia abajo negó con un suave movimiento.
- El cuerpo es un represor, y sus limitadas funciones impiden la perfecta expresión de lo que se siente. Nunca podrás sentir, ni apreciar con libertad mientras tengas un impedimento que te limite a sus funciones, y no a las de tu alma. Ese impedimento es el cuerpo.
Sus ojos se desviaron a mi herida en el pecho. Entonces me di cuenta de que aún seguía chorreando sangre, el tener a tan fascinante individuo ante mí, me había hecho olvidar completamente de mi condición. Miré mis manos, seguían bañadas en aquel líquido vital, dándoles un tono escarlata. Volví a elevar la mirada hasta encontrar la suya y decidí sacarme la duda que me atormentaba momentos antes.
- ¿A dónde iré? ¿Será el cielo o el infierno?
- ¿Qué te hace suponer que ellos existen? – Su pregunta me dejó sin saber que responder.
- Todos saben que hay un cielo y un infierno, al cielo van las personas buenas y al infierno las malas. ¿A cuál iré yo?
- ¿Y acaso alguien ha vuelto de la muerte para comprobar tu teoría?
- No.
- ¿Entonces en que te basas para decir que existe un cielo y un infierno?
- ¿Entonces no los hay?
- No niego su existencia, pero tampoco la afirmo. – La confusión en mí crecía con cada palabra que decía. – De todos modos no puedo decirte lo que te espera, eso lo comprobarás tú cuando llegue el momento. A todos les espera algo, pero difiere según la persona. – Cerró los ojos nuevamente, y por alguna razón me disgustó que lo hiciera, quería que esos ojos se mantuvieran abiertos, para así poder apreciarlos por completo. Pasó su mano sobre sus cabellos, agitándolos un poco como queriendo desordenarlos, pero estos volvieron a caer en perfecta posición, tal cual estaban antes. – Yo no sé más que tú, solo sé lo que tú sabes.
- ¿Cómo es eso? – Pregunté, apenas prestando atención en lo que salía de mi boca por perderme nuevamente en esos ojos que habían vuelto a abrirse y ahora me dedicaban una profunda mirada.
- Yo sólo soy un reflejo de tu persona, por lo tanto sólo sé lo que tú ya sabes, y las respuestas que doy a tus preguntas tú ya las conoces. Este cuerpo, ésta imagen que tengo la has elegido tú, muestra no lo que tienes en tu interior, sino lo que deseas ver en el mismo.
Comencé a pensar que esa respuesta no estaba muy alejada de la verdad, puesto que a quien le hablaba era la mera personificación de la belleza, y si yo anhelaba algo en relación a lo que sentía en mí, era pues la perfecta hermosura de mi persona, algo que se alejaba de la realidad.
- Pero si tú no sabes más que yo, entonces ¿cuál es tu misión aquí? ¿Por qué has venido?
- Ante tu primera pregunta, puedo responder que mi deber es hacerte entender el porque debes irte, algo que tú ya bien sabes, solo que no te has dado cuenta de ello todavía. Y en cuanto a por qué he venido, lo he hecho sólo porque tú así lo has deseado, por pura voluntad. – En ese momento pensé que había errado, puesto que yo nunca pensé en ayuda para la transición hacia el otro lado, ni siquiera sabía de la existencia de éste ser, pero como si hubiera leído mis pensamientos, se adelantó a que yo preguntara. – Mírate. Aún sigues de pie, ¿sabes por qué? – Negué tímidamente con la cabeza. – Si es así, ¿por qué te has disparado en el pecho en lugar de escoger la cabeza, sabiendo que de hacerlo así tendrías una muerte rápida, instantánea, a diferencia de la lenta y pausada que estás teniendo ahora? Si no hubieras deseado ayuda, hubieras dirigido la bala a tu sien, en cambio elegiste esta forma porque así sabrías que yo aparecería para terminar de convencerte de lo que ya no tiene vuelta atrás.
- Te equivocas, porque de ser así, yo debería haber tenido previos conocimientos de tu existencia, y no fue así. La primera vez que te vi fue hace unos momentos atrás, cuando entraste por mi ventanal.
El ángel comenzó a caminar, hasta posicionarse justo detrás de mí. Acercó su rostro hasta la unión de mi cuello con mi hombro de tal forma que pude sentir su respiración, lenta y cálida, sobre mi piel, qué se tensó ante esta sensación. Luego, de forma pausada y lenta, en un tono que llegaba hasta el centro de mis huesos, endulzó mis oídos con su suave voz nuevamente.
- Es verdad que esa fue la primera vez que me viste, pero tú ya sabías de mi, lo sabías desde tiempos remotos, desde antes de nacer. – Con cada palabra se acercaba más a mi piel, tanto que podía sentir el fervor de sus labios sobre ésta, sin que siquiera me tocaran, haciéndome estremecer de la forma más intensa. – Yo siempre estuve a tu lado, desde comienzos de tu existencia. E inconscientemente ya me conocías, porque estaba dentro tuyo, porque en cierto sentido tú me creaste, tú me diste vida.
Levantó lentamente sus manos al costado de mi cuerpo, como si quisiera tomarme por los brazos, pero cuando sólo faltaban escasos centímetros para poder sentir aquellos dedos sobre mí, éstos volvieron a su antiguo lugar, al mismo tiempo que la hermosa criatura se alejaba a lentos pasos, haciendo que una sensación de desilusión se apoderara de mi interior, desilusión por no haber sentido su esencia sobre mí. Volvió a rodearme hasta quedar cara a cara conmigo, a muy corta distancia. Ahora en su rostro había una oposición de expresiones. Mientras que sus ojos me dirigían una mirada seria e intensa, en sus labios se dibujaba una leve sonrisa. Para mi sorpresa, me encontré acercándome lentamente a esos labios, tratando de alcanzarlos con los míos y entrecerrando levemente los ojos, pero sin dejar de fijarlos en su boca. La anhelaba. Pero cuando ya sentía su aliento humedecer mi piel, se alejó de forma rápida, dirigiéndome una sonrisa un tanto sagaz. Nuevamente me atrapó el carmesí de sus ojos, y sentí que me perdía en ellos.
- ¿Por qué? ¿Por qué son rojos?
- Eso tú bien lo sabes.
- Sí, pero quiero oírlo de ti.
- Son rojos porque roja es la sangre, rojo es el color de aquello que te da vida y que tanto te cuesta asimilar como tu fuente de la misma. Roja es la sangre que en tu niñez rehuías por miedo, miedo a ese líquido que en pequeñas gotas salía de tu herida en el dedo. Roja es la sangre que ahora brota de tu herida, quitándote aquello que no supiste valorar como se debía, bañando en su tibio calor tu cuerpo que ahora comienza a enfriarse. Roja es la sangre que tanto odiaste por mantenerte en este mundo, y que ahora temes perder, porque temes a lo desconocido.
Sus ojos brillaron con intensidad, tanto que los pude sentir introducirse en mi corazón y llegar al fondo de mi alma. Y sus palabras no eran erradas, el miedo que me invadía en aquel momento era inmenso. Se alejó unos pasos, para poder mirarme completamente.
- Siempre te acompañé con estos ojos que tú elegiste por cuenta propia. – dijo sin dejar de sonreír, ahora de forma comprensiva y tranquila. – A pesar de lo que pensabas, nunca sufriste lo que es la soledad, porque yo he estado contigo en cada momento. Sin darte cuenta, me tuviste a tu lado continuamente.
- ¿Me acompañarás ahora?
- Si, como siempre lo he hecho y como siempre haré, hasta el fin de la eternidad.
Extendió su mano hacia mí, y en ese momento sentí que la tranquilidad me invadía en cada célula, entendí por fin que todo este tiempo había errado, ya que era imposible que sintiera soledad, porque siempre había tenido la compañía de mi propio ser, y mientras yo me tuviera, mi vida nunca podría haber sido un desierto, porque siempre habría un apersona para acompañarme, y esa persona era yo.
Y con una sonrisa en mis labios, luego de haber comprendido lo que ya sabía, extendí mi brazo, para delicadamente tomar su mano y fundirme conmigo.
domingo, agosto 20, 2006
Cese temporal
Como si lo que estuviera adelante fuera una enorme montaña, llena de espinos y piedras, di un paso adelante, decidida emprender mi viaje. Volteé una vez más la cabeza para comprobar todo lo que quedaba atrás. Era doloroso ver cuantas cosas dejaría, pero no podía seguir escondiéndome en el pasado, ya no. Muchos años intenté buscarle explicación a hechos irracionales, solo para frustrarme y borronear mi mirada. Como me odiaba. Como lo odiaba. Volví mi mirada al frente y di otro paso, y otro, y otro más, y así comencé a caminar. La montaña se erguía imponentemente ante mí, tan alta que no podía divisar la cima, oculta entre las nubes. Solo llevaba una mochila con una manta y mi libro preferido, sabía que no necesitaría nada más.
Los primeros días fueron, a diferencia de lo que pensaba, los más fáciles. El camino todavía no era empinado, y la emoción y dedicación estaban en su apogeo. Miraba todo a mi paso con una sonrisa de autosuficiencia y satisfacción, mientras tarareaba una vieja melodía. Era conciente de que el viaje sería muy largo, más al ser uno que no se puede realizar en compañía de nadie, pero estaba decidida y mi espíritu se encontraba con las fuerzas suficientes.
Las semanas pasaron, y nada indicaba que mi ánimo fuese a cambiar, hasta que un día, caminando distraída, me tropecé con una piedra oculta en el camino. ¡Cómo dolió esa caída! Me había lastimado un poco, pero no lo suficiente como para impedir que me levante y vuelva a caminar. Poco a poco más piedras fueron apareciendo, dificultando mi paso. Pero mi decisión era inquebrantable, así que aprendí a esquivarlas. Me tropecé algunas veces más, pero ya mi piel curtida no sufría tanto los golpes. Así seguí adelante.
Llegó el invierno, y con el la nieve. Sabía que esta sería una etapa difícil en mi empresa, pues la nieve dificulta el paso, y lo hace más lento. Igual seguí adelante. El frío carcomía mis huesos, y a mi esperanza comenzaba a flaquear, la realidad llegaba brusca y tenazmente. Muchas veces tuve que detenerme, porque las tormentas amenazaban mi bienestar, y cada vez que lo hacía, me replanteaba mi misión, haciéndola parecer cada vez más difícil e incoherente.
Caminé hasta llegar a una parte demasiado empinada, completamente cubierta de hielo. Empecé a escalarla pero un resbalón me hizo caer varios metros, lastimando todo mi cuerpo y espíritu. Quedé tendida boca arriba, sangrando, sintiendo como el frío se colaba en mis heridas recién abiertas, en la carne desgarrada, en el alma destrozada. Mirando el cielo cubierto de nubes, sintiendo los copos de nieve posarse en mi frente, desistí.
Sigo tirada, en medio del hielo, a mitad de camino. Ya es tarde para volver, pero continuar sería arriesgarme demasiado. Supongo que lo mejor será quedarme aquí por un tiempo, hasta que llegue la primavera.
Los primeros días fueron, a diferencia de lo que pensaba, los más fáciles. El camino todavía no era empinado, y la emoción y dedicación estaban en su apogeo. Miraba todo a mi paso con una sonrisa de autosuficiencia y satisfacción, mientras tarareaba una vieja melodía. Era conciente de que el viaje sería muy largo, más al ser uno que no se puede realizar en compañía de nadie, pero estaba decidida y mi espíritu se encontraba con las fuerzas suficientes.
Las semanas pasaron, y nada indicaba que mi ánimo fuese a cambiar, hasta que un día, caminando distraída, me tropecé con una piedra oculta en el camino. ¡Cómo dolió esa caída! Me había lastimado un poco, pero no lo suficiente como para impedir que me levante y vuelva a caminar. Poco a poco más piedras fueron apareciendo, dificultando mi paso. Pero mi decisión era inquebrantable, así que aprendí a esquivarlas. Me tropecé algunas veces más, pero ya mi piel curtida no sufría tanto los golpes. Así seguí adelante.
Llegó el invierno, y con el la nieve. Sabía que esta sería una etapa difícil en mi empresa, pues la nieve dificulta el paso, y lo hace más lento. Igual seguí adelante. El frío carcomía mis huesos, y a mi esperanza comenzaba a flaquear, la realidad llegaba brusca y tenazmente. Muchas veces tuve que detenerme, porque las tormentas amenazaban mi bienestar, y cada vez que lo hacía, me replanteaba mi misión, haciéndola parecer cada vez más difícil e incoherente.
Caminé hasta llegar a una parte demasiado empinada, completamente cubierta de hielo. Empecé a escalarla pero un resbalón me hizo caer varios metros, lastimando todo mi cuerpo y espíritu. Quedé tendida boca arriba, sangrando, sintiendo como el frío se colaba en mis heridas recién abiertas, en la carne desgarrada, en el alma destrozada. Mirando el cielo cubierto de nubes, sintiendo los copos de nieve posarse en mi frente, desistí.
Sigo tirada, en medio del hielo, a mitad de camino. Ya es tarde para volver, pero continuar sería arriesgarme demasiado. Supongo que lo mejor será quedarme aquí por un tiempo, hasta que llegue la primavera.
jueves, julio 27, 2006
De pequeño
No, no siempre fuiste así. Te gustaba pensar que la vida era infinita, que el amor duradero y la felicidad completa. Solías ver el mundo de forma muy simple, y encontrabas alegría casi en cualquier cosa. Pero todo eso cambió con el paso de los años. Al crecer uno comienza a entender ciertas cosas, a ver la otra cara de la moneda y comprende que no todo es color de rosa. Entendiste que la vida tiene un límite, y por eso hay que aprovechar cada instante, lo cual trajo la desgracia de comprender que no habías estado aprovechando el tiempo tanto como debías. Te diste cuenta que el amor no es para siempre, y puede marchitarse como rosa en el desierto, que por más que uno la riegue, el Sol la quemará igual. Y viste como los momentos lastimeros rayan la impecable felicidad que tenías de niño, felicidad que no volverás a sentir jamás por haber comenzado a comprender.
De pequeño, tu ilusión. De grande, tus golpes. Aprendiste a levantarte, pero cada caída te deja un moretón, que aunque el tiempo intente borrarlo, siempre quedará el resto grabado en tu piel para recordarte el dolor, y que todos vean que una vez sufriste.
Sentiste como las garras de aquel que creías te apreciaba, desgarraban tu pecho, dejando el corazón abierto y sin protección para las garras venideras.
Todo se volvió más oscuro, todo menos tu alma, que aunque más triste nunca perdió su pureza. Sigue guardada, temiendo liberarse por miedo a no poder volver.
La niñez te dejó hace tiempo, y con ella se fuere todo sueño de existencia perfecta. Ahora la realidad golpea a tu puerta cada noche, para recordarte su presencia, para impedir que te realices. ¿Por qué entonces debo entender? ¿Por qué entonces debo razonar? Te repites día a día esas preguntas. Si esas cualidades solo te sirven para concebir aquello que nunca has de tener, es preferible no tenerlas, después de todo el idiota no tiene de qué preocuparse, y así su vida resulta grata y placentera.
No te lamentes más, lo que te toca vivir nos tocó a todos, y tus pesares ya los sintieron tantos otros. No hay mucho que puedas hacer, más que intentar descubrir la forma de pasar mejor los días, la cual varía según la persona. Ya la meta no es andar sin rueditas, ni el placer un algodón de azúcar, esas cosas quedaron en tu pasado, y cambiaste para seguir avanzando. Pero no permitas que se esfume ese destello en tus ojos, que aunque te hagas viejo y no puedas levantarte de tu cama, seguirá indicando a quien te mire que una vez vivió en ti un niño que fue feliz.
De pequeño, tu ilusión. De grande, tus golpes. Aprendiste a levantarte, pero cada caída te deja un moretón, que aunque el tiempo intente borrarlo, siempre quedará el resto grabado en tu piel para recordarte el dolor, y que todos vean que una vez sufriste.
Sentiste como las garras de aquel que creías te apreciaba, desgarraban tu pecho, dejando el corazón abierto y sin protección para las garras venideras.
Todo se volvió más oscuro, todo menos tu alma, que aunque más triste nunca perdió su pureza. Sigue guardada, temiendo liberarse por miedo a no poder volver.
La niñez te dejó hace tiempo, y con ella se fuere todo sueño de existencia perfecta. Ahora la realidad golpea a tu puerta cada noche, para recordarte su presencia, para impedir que te realices. ¿Por qué entonces debo entender? ¿Por qué entonces debo razonar? Te repites día a día esas preguntas. Si esas cualidades solo te sirven para concebir aquello que nunca has de tener, es preferible no tenerlas, después de todo el idiota no tiene de qué preocuparse, y así su vida resulta grata y placentera.
No te lamentes más, lo que te toca vivir nos tocó a todos, y tus pesares ya los sintieron tantos otros. No hay mucho que puedas hacer, más que intentar descubrir la forma de pasar mejor los días, la cual varía según la persona. Ya la meta no es andar sin rueditas, ni el placer un algodón de azúcar, esas cosas quedaron en tu pasado, y cambiaste para seguir avanzando. Pero no permitas que se esfume ese destello en tus ojos, que aunque te hagas viejo y no puedas levantarte de tu cama, seguirá indicando a quien te mire que una vez vivió en ti un niño que fue feliz.
domingo, julio 16, 2006
Automatismo
Se levantó como todas los días a las 5 de la mañana, buscó el periódico bajo su puerta y se preparó un café, mientras escuchaba las noticias sin sorpresa alguna y aguardaba la hora de ir a trabajar. Una mujer de unos 37 años, de pelo raído, delgada y ojos vacíos de tanto no ver. No tenía amigos, ni mascota, ni siquiera un buen libro de cabecera que le hiciera de compañía en las frías noches de Julio. Tenía un rostro cansado, pero no era por falta de sueño. Su cansancio era otro, era el cansancio de vivir siempre la misma rutina, de que no haya en su vida ni felicidades ni tristezas. No sabía lo que era sorprenderse por la visita inesperada de alguien que añoraba o desilusionarse al no encontrar tarjeta alguna bajo su puerta el día de su cumpleaños. No sabía de emociones puesto que nunca había disfrutado ninguna.
Terminó su café y se vistió para tomar el autobús de las 6 que la llevaría a su lugar de trabajo. Afuera llovía y el viento hacía que los viejos pantalones de lino, humedecidos por el agua, se le pegasen en la piel. Subió al autobús y luego de pagar su boleto se sentó en la última fila del lado de la ventanilla, y casi automáticamente giró su cabeza hacia el costado y perdió la mirada las imágenes que pasaban rápidamente por la ventana.
Llegó a su lugar de destino, ingresó al edificio y subió hasta el piso 24 para tomar lugar en su cubículo, adornado de papeles, carpetas y una computadora. Al poco tiempo de haberse sentado apareció Samanta, con la barriga sobresaliendo de su cuerpo, y mientras se tomaba con una mano la cintura y con la otra acariciaba su vientre le dijo con una sonrisa: - Solo faltan tres semanas. – Y se rió emocionada. Ella no hizo más que alzar su mirada y forzar un intento de alegría, algo que le daba muchas dificultades. Luego volvió su vista hacia la computadora y mientras trataba de descubrir qué le veían todas las mujeres a pasar nueve meses con nauseas, dolores y jaquecas. Concentró más su vista en los números de la pantalla y ágilmente comenzó a escribir en el teclado. Los dedos se movían rápidamente, y ella parecía compenetrarse tanto en lo que hacía que no se sabía donde terminaba ella y donde empezaba la máquina. Paró para el almuerzo, el cual lo tuvo en el buffet de la empresa, en una mesa del costado con la única compañía de una paloma que se posó en el ventanal junto a ella, y luego siguió encerrada en su cubículo hasta que se hizo la hora de volver a casa.
El viaje de vuelta no discrepaba en nada con el de ida, mismo asiento, mismo autobús, misma mirada perdida por la ventanilla. Al llegar a su casa ya había parado de llover, pero la noche se hacía oscura y el ambiente húmedo se mantenía. Abrió lentamente la puerta de su casa, se limpió los zapatos en la alfombra y recogió la correspondencia que le habían depositado bajo la puerta. Se dirigió a la tranquila sala de estar, se sentó en el sillón de cuero y encendió el televisor. Miró la tele sin verla, mientras las noticias se aparecían frente a sus ojos: un atentado en Irak causo veinte muertos, un accidente en Juramento dejó la calle cortada, en un hospital de Estados Unidos se acercaron un paso más hacia la vacuna contra el SIDA y un estudio determinó que los adolescentes son más propensos a la violencia que lo eran hace 10 años. Pero nada de esto pareció afectarle en lo más mínimo. Lentamente, casi con parsimonia, revisó la correspondencia, solo para darse cuenta de que eran todas facturas y ni una sola carta dirigida a ella. Esto debería haberle sorprendido, dado que ese mismo día se celebraba su nacimiento, pero claro, ella no sabía desilusionarse al no encontrar tarjeta alguna bajo su puerta el día de su cumpleaños.
Dejó con desgano las cartas sobre la mesa, tomó el control remoto y amagó a cambiar de canal, pero se detuvo en seco. Se quedó paralizada, con los ojos en el televisor y el brazo extendido con el control, y algo increíblemente extraño le sucedió. Una cascada de palabras comenzó a inundar su mente: amistad, amor, odio, pasión, venganza, dolor, alegría, tristeza, pena, emoción… y empezó a recordar aquellos buenos amigos que nunca tuvo, la familia que nunca la apoyó, el perrito que jamás movió su cola al verla llegar, el amor que no conoció, y todo esto comenzó a estallar al unísono en su cabeza. De pronto el sillón en el que estaba empezó a temblar y el televisor irradiaba una luz blanca y emitía un chillido muy fuerte. Se miró las manos, se estaban derritiendo, como una vieja vela que ya no quiere alumbrar. Una sonrisa jamás conocida apareció en su rostro y sus ojos brillaron como nunca. Se levanto mientras la casa crujía y comenzó a dar vueltas y vueltas sobre sí, con los brazos extendidos y el pelo desafiando el viento. Una alegre risa salía de su boca, mientras cucarachas, polillas, hormigas y millones de insectos se apoderaban de la casa. Todo el lugar comenzó a desmoronarse lentamente, un gran cascote calló sobre el televisor y lo aplastó, creando un cortocircuito y a su vez prendiendo fuego las cortinas. Los insectos seguían apareciendo, y las sillas comenzaron a mover sus cuatro patas y a trotar por todo el lugar. Estaba desenfrenada, con una expresión que jamás había estado antes en ella. Daba vueltas, y bailaba al compás de una melodía inexistente, mientras su piel se agrietaba y sus ropas se deshacían. Todo el lugar estaba en llamas, y éstas bailaban con ella al mismo ritmo. Las paredes se ondulaban como olas del mar, mientras que del techo ya poco quedaba, y los ladrillos caían uno a uno rompiendo el piso. Ya no había loza en este, sino tierra, tierra y piedras. Enormes fosas se formaban en el piso, y estas parecían no tener fondo, como si fueran pequeños abismos buscando tragarse todo lo que encontraran. Bailando, saltando, riendo, gritando algo llamó su atención, un espejo de cuerpo entero se mantenía de pie todavía. Ella, desnuda, con su piel calcinada, rasgada, derretida, con heridas abiertas de las cuales ríos de sangre negra brotaban, se acercó al espejo y todo cesó de golpe. En su reflejo no había quemaduras, ni heridas, ni insectos comiendo su carne. Desde el espejo le devolvía la mirada una mujer de unos 37 años, de pelo raído, delgada y ojos vacíos de tanto no ver. Tenía un rostro cansado, pero no era por falta de sueño. Su cansancio era otro, era el cansancio de vivir siempre la misma rutina.
Lentamente se fue hasta su cuarto y se acostó en la cama. Al otro día se levantó a las 5 de la mañana, buscó el periódico bajo su puerta y se preparó un café, mientras escuchaba las noticias sin sorpresa alguna y aguardaba la hora de ir a trabajar.
Terminó su café y se vistió para tomar el autobús de las 6 que la llevaría a su lugar de trabajo. Afuera llovía y el viento hacía que los viejos pantalones de lino, humedecidos por el agua, se le pegasen en la piel. Subió al autobús y luego de pagar su boleto se sentó en la última fila del lado de la ventanilla, y casi automáticamente giró su cabeza hacia el costado y perdió la mirada las imágenes que pasaban rápidamente por la ventana.
Llegó a su lugar de destino, ingresó al edificio y subió hasta el piso 24 para tomar lugar en su cubículo, adornado de papeles, carpetas y una computadora. Al poco tiempo de haberse sentado apareció Samanta, con la barriga sobresaliendo de su cuerpo, y mientras se tomaba con una mano la cintura y con la otra acariciaba su vientre le dijo con una sonrisa: - Solo faltan tres semanas. – Y se rió emocionada. Ella no hizo más que alzar su mirada y forzar un intento de alegría, algo que le daba muchas dificultades. Luego volvió su vista hacia la computadora y mientras trataba de descubrir qué le veían todas las mujeres a pasar nueve meses con nauseas, dolores y jaquecas. Concentró más su vista en los números de la pantalla y ágilmente comenzó a escribir en el teclado. Los dedos se movían rápidamente, y ella parecía compenetrarse tanto en lo que hacía que no se sabía donde terminaba ella y donde empezaba la máquina. Paró para el almuerzo, el cual lo tuvo en el buffet de la empresa, en una mesa del costado con la única compañía de una paloma que se posó en el ventanal junto a ella, y luego siguió encerrada en su cubículo hasta que se hizo la hora de volver a casa.
El viaje de vuelta no discrepaba en nada con el de ida, mismo asiento, mismo autobús, misma mirada perdida por la ventanilla. Al llegar a su casa ya había parado de llover, pero la noche se hacía oscura y el ambiente húmedo se mantenía. Abrió lentamente la puerta de su casa, se limpió los zapatos en la alfombra y recogió la correspondencia que le habían depositado bajo la puerta. Se dirigió a la tranquila sala de estar, se sentó en el sillón de cuero y encendió el televisor. Miró la tele sin verla, mientras las noticias se aparecían frente a sus ojos: un atentado en Irak causo veinte muertos, un accidente en Juramento dejó la calle cortada, en un hospital de Estados Unidos se acercaron un paso más hacia la vacuna contra el SIDA y un estudio determinó que los adolescentes son más propensos a la violencia que lo eran hace 10 años. Pero nada de esto pareció afectarle en lo más mínimo. Lentamente, casi con parsimonia, revisó la correspondencia, solo para darse cuenta de que eran todas facturas y ni una sola carta dirigida a ella. Esto debería haberle sorprendido, dado que ese mismo día se celebraba su nacimiento, pero claro, ella no sabía desilusionarse al no encontrar tarjeta alguna bajo su puerta el día de su cumpleaños.
Dejó con desgano las cartas sobre la mesa, tomó el control remoto y amagó a cambiar de canal, pero se detuvo en seco. Se quedó paralizada, con los ojos en el televisor y el brazo extendido con el control, y algo increíblemente extraño le sucedió. Una cascada de palabras comenzó a inundar su mente: amistad, amor, odio, pasión, venganza, dolor, alegría, tristeza, pena, emoción… y empezó a recordar aquellos buenos amigos que nunca tuvo, la familia que nunca la apoyó, el perrito que jamás movió su cola al verla llegar, el amor que no conoció, y todo esto comenzó a estallar al unísono en su cabeza. De pronto el sillón en el que estaba empezó a temblar y el televisor irradiaba una luz blanca y emitía un chillido muy fuerte. Se miró las manos, se estaban derritiendo, como una vieja vela que ya no quiere alumbrar. Una sonrisa jamás conocida apareció en su rostro y sus ojos brillaron como nunca. Se levanto mientras la casa crujía y comenzó a dar vueltas y vueltas sobre sí, con los brazos extendidos y el pelo desafiando el viento. Una alegre risa salía de su boca, mientras cucarachas, polillas, hormigas y millones de insectos se apoderaban de la casa. Todo el lugar comenzó a desmoronarse lentamente, un gran cascote calló sobre el televisor y lo aplastó, creando un cortocircuito y a su vez prendiendo fuego las cortinas. Los insectos seguían apareciendo, y las sillas comenzaron a mover sus cuatro patas y a trotar por todo el lugar. Estaba desenfrenada, con una expresión que jamás había estado antes en ella. Daba vueltas, y bailaba al compás de una melodía inexistente, mientras su piel se agrietaba y sus ropas se deshacían. Todo el lugar estaba en llamas, y éstas bailaban con ella al mismo ritmo. Las paredes se ondulaban como olas del mar, mientras que del techo ya poco quedaba, y los ladrillos caían uno a uno rompiendo el piso. Ya no había loza en este, sino tierra, tierra y piedras. Enormes fosas se formaban en el piso, y estas parecían no tener fondo, como si fueran pequeños abismos buscando tragarse todo lo que encontraran. Bailando, saltando, riendo, gritando algo llamó su atención, un espejo de cuerpo entero se mantenía de pie todavía. Ella, desnuda, con su piel calcinada, rasgada, derretida, con heridas abiertas de las cuales ríos de sangre negra brotaban, se acercó al espejo y todo cesó de golpe. En su reflejo no había quemaduras, ni heridas, ni insectos comiendo su carne. Desde el espejo le devolvía la mirada una mujer de unos 37 años, de pelo raído, delgada y ojos vacíos de tanto no ver. Tenía un rostro cansado, pero no era por falta de sueño. Su cansancio era otro, era el cansancio de vivir siempre la misma rutina.
Lentamente se fue hasta su cuarto y se acostó en la cama. Al otro día se levantó a las 5 de la mañana, buscó el periódico bajo su puerta y se preparó un café, mientras escuchaba las noticias sin sorpresa alguna y aguardaba la hora de ir a trabajar.
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